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domingo, 2 de enero de 2011

20 Grados bajo cero


Hoy, platicando con mi papá, recordé el frío de Moscú.

Mi mamá me preparaba para salir: tres capas de ropa interior, camisa, sweater, chaleco y encima ese abrigo de piel negro (en esa época no era políticamente incorrecto usar abrigos de piel, sorry...), grueso, tan grueso, que para cuando estaba lista para salir de casa y jugar en la nieve, no podía mover los brazos. Imagínense, tenía 5 o 6 años, con un abrigo que pesaba más que yo. Mis brazos a los lados estirados no se podían doblar dado el grosor del abrigo, me tenía que doblar en dos y de ladito para poder alcanzar la nieve y aventar una bolita. En la cabeza una "chapka" , gorra de piel cuadrada con cubre orejas que solo dejaba expuestos mis cachetes, ojos, boca y nariz, bufanda larga que le daba por lo menos dos vueltas a mi cuello, pantalones sobre mayas y botas sobre pantalones. Parecía un osito.

Pero como me gustaba porque sabía que vestirme así significaba que iría al parque a jugar con la nieve y no importaba a cuantos grados bajo cero estábamos, eso era lo único que yo quería hacer!

jueves, 7 de mayo de 2009

PROHIBIDO OLVIDAR

Hoy me dispuse a seguir con las historias del internado, pero se me atrevesó un recuerdo que voy a tener que relatarles... Me acordé del día que nos llegó una carta fatídica. Era un día normal en Malinalco, en la casa en la que pasábamos los fines de semana con mis papás, era cerca de día de muertos y yo estaba preparando un altarcito para mi abuelo que había fallecido meses antes. Mi madre y mi padre me llamaron a la sala. Yo acudí sin predisposiciones, sin saber que lo que mi iban a decir me afectaría como lo hizo. Estaban los dos sentados y se miraban de una manera especial que reconocí de inmediato: era la misma mirada que tuvieron cuando me avisaron que mi perro se había salido del jardín y que no lo encontraban o de la vez que llegué de la escuela y me dijeron que mi abuelito adorado había sufrido un ataque al corazón, era la mirada de unos padres que saben que lo que van a decir va a provocar en su hija un dolor inmenso, inconmensurable y que ellos no podrán hacer absolutamente nada al respecto.
Me pidieron que me sentara y comenzaron por enseñarme, de lejos, una carta que había llegado de Portugal. Mi piel se puso chinita porque aunque no estaba segura de lo que me iban a decir, presentía que tenía que ver con un amigo querido que conocí en Senegal. Diogo era mayor que yo, mucho mayor para esas edades, yo tenía trece y el como diez y ocho. El era el hijo del embajador de Portugal en Senegal y fue mi primer amigo. Mi primer amigo hombre, o en realidad, el primer hombre (aunque aún era un joven) que fue mi amigo. Diogo no era guapo, puede que hasta lo consideraran feo y era muy rebelde. Le gustaban las motos y aunque en esas épocas yo no sabía mucho al respecto, supongo ahora que pienso en ello, que bebía mucho y se drogaba, era muy reventado y temperamental. El vivía en Portugal con sus hermanas mayores, venía al Senegal en verano a pasar las vacaciones con sus padres porque ahí podían controlarlo un poco más. En las cenas diplomáticas, en los cócteles a los que estábamos obligados a asistir mi hermano y yo, Diogo y yo nos sentábamos juntos y platicábamos. El me tomaba en serio., me escuchaba. Le contaba las anécdotas de la escuela, mis inquietudes, le podía hacer preguntas acerca de los temas que yo quisiera y Diogo me las contestaba todas. Nos burlábamos de los adultos, hacíamos chistes que solo a nosotros dos nos daban risa, algunas veces me daba una probadita de su whisky que me parecía asqueroso y se reía de mi reacción. A veces, a escondidas, me subía en su moto y nos íbamos a dar vueltas por la "corniche", la cornisa que rodeaba la ciudad de Dakar.
Los adultos hablaban de Diogo con preocupación. Era un adolescente "problema". A veces alcanzaba a escucharlos hablar y siempre se lamentaban por sus padres, por todo lo que él les hacía, por lo que tenían que pasar y por lo que sufrían por su culpa.
Tal vez era en verdad un chico con problemas, egoísta, al que solo le importaba su propio bienestar y que causaba problemas a todos los que lo rodeaban, pero era mi amigo. Yo no tenía otros amigos hombres, como ya lo he mencionado, era muy tímida, pero con él, no sé porque, era más fácil desenvolverme. Teníamos algo en común, algo que solamente tenemos en común los hijos de diplomáticos: sabemos lo que es viajar, sabemos el significado del cambio, de tener que adaptarse a lugares y gente nueva, de dejar gente atrás. Teníamos en común una rebeldía ante la autoridad (aunque en mí, a penas se asomaba), ambos teníamos una visión del mundo un poco sombría y pesimista, ambos nos preguntábamos cuales eran nuestros límites y de que forma podríamos llegar a rebasarlos… Nunca hubo nada entre nosotros y eso era lo más lindo y especial. Era una relación platónica, inocente, amistosa… Me pregunto: si en veradad era un chico tan "malo", que todos juzgaban tanto, como podía haber sido tan respetuoso y cariñoso con una niña de trece años como yo… tal vez era simplemente un adolescente, incomprendido, como todos lo fuimos alguna vez, como lo sería yo, unos años más tarde.

La carta decía que Diogo había muerto (ha de haber tenido 24 o 25 años). Creo que en un accidente de moto, digo creo, porque desde el momento en el que me lo anunciaron no pude pensar en nada más que en los recuerdos que me invadían torrencialmente y que en las ganas de llorar que me asaltaban.
Creo que lo que más me dolía era saber que a ese amigo que quise tanto, hacía más de ocho años que no lo veía, que no sabía nada de él. ¿Como pude haber estado tan cerca de alguien y luego estar tan lejos que solo supe de él por la noticia de su muerte? Pensé en todos los amigos que he dejado atrás en tantos años de trashumancia. Mis amigas de Londres, Luciana de Senegal, mis "hermanitos" de Arabia Saudita... con ninguno mantengo contacto. Ahora, con el mail y el facebook, no hay forma de que uno se aleje demasiado de la gente que quiere, pero cuando yo era niña, nos escribíamos los primeros meses de separación y luego, poco a poco, las cartas llegaban más y más espaciadas, hasta que un día dejaban de llegar. Que triste saber de alguien por tan mala noticia. Que triste es dejar que la gente se aleje. Que triste es que se rompan esos lazos únicos que hacemos con la gente en distintos momentos de nuestras vidas y que significan tanto, que dejan una huella tan fuerte en nosotros.

Me fui a mi habitación y me puse a escribir. Le escribí este texto/cuento que comparto hoy con ustedes:

15/4/93.
¿En dónde estarás?
Un día me llegó una carta. Me dijo que tu habías muerto. Salí corriendo a buscarte por la calle. Salí corriendo y desesperada dispuesta a encontrarte en cualquier semáforo o bajo cualquier portal. Recorrí todo nuestro pueblo y no te hallé. Tu no estabas ni en la cantina en la que solíamos vagar, ni en la sala silenciosa del cine, ni escondido en nuestro lugar secreto. No estabas en ningún coche, ni con la policía, ni en un parque solitario. No te encontrabas detrás de las paredes, ni bajo los pisos, ni entre las escaleras. Entonces fui a buscarte a una iglesia, y ahí no estabas tampoco. Había flores que olían a descanso y velas enfurecidas, pero ni un rastro de ti.
Salí de ahí sin fuerzas, decepcionada. No tenía nada que decir, nada que contar. No te encontraba y mi búsqueda era tan desesperada que miré al cielo. Me pregunté si quizás ahí te encontraría. Quise gritarte con todas mis fuerzas que te extraño.
Me fui a mi casa entristecida. Lloré la noche entera. Pero en la madrugada me despertó un recuerdo. A ese le siguió otro y luego otro más. Luego los recuerdos me rodaron por las mejillas y cabalgaron en mi cama. Se multiplicaron y llenaron todo el cuarto. Abrieron la puerta y fueron danzando por mi casa. Yo los acompañé. Danzamos toda la mañana y salimos a brincar por la calle, los recuerdos y yo. Eran seres extraños, viejos amigos y juegos de niño. Eran admiración y cariño, amores platónicos y travesuras. Eran playa y vacaciones y tiempo, sobre todo tiempo.
Bailamos y bailamos hasta tarde. Y tengo que admitir que no todo fue alegría. Algunas danzas me convertían en sonrisa y otras en lluvia. A la tercera noche los recuerdos me llevaron a mi cama y me besaron. Y yo ya no salí corriendo por la calle a buscarte.

Ahora, de vez en cuando, me visitan y danzamos juntos por la casa.

Ahora, salgo a la calle, a nuestro sitio secreto o a la cantina y sonrío. Porque ya no tengo que buscarte, porque cuando quiero bailo con los recuerdos y contigo.
Para Diogo, con mucho amor, por siempre.

Se acerca el día de las madres y será el primero sin ella. Hoy me invaden los recuerdos de todas las personas que ya no están, los que han muerto como Diogo y Stefano, los que simplemente se alejaron de mi vida y aquellos a los que la vida nos separó. Hoy sé que lo que nos queda son los recuerdos y que hay que atesorarlos como lo más preciado porque si los dejamos ir, nos quedamos sin nada. Hoy sé que está prohibido olvidar…




martes, 5 de mayo de 2009

La Primera Impresión

Mis papás se fueron de la escuela a las 5 de la tarde. Intercambiamos promesas de escribirnos seguido, me hablarían todos los domingos y yo haría todo por sacar buenas calificaciones. Nos despedimos cariñosamente, mamá echó unas cuantas lágrimas y se fueron. A decir verdad , en ese momento, yo solo pensaba en comenzar mi aventura, no recuerdo ni cómo se fueron, si a pie o en coche.

Entré a mi cuarto y comencé a desempacar. No habían llegado mis compañeras todavía. Yo había escogido la cama de la esquina, una que estaba empotrada en la pared, y que de alguna manera me parecía más privada. Sentí una emoción nueva al sacar mis artículos de limpieza y colocarlos en las repisas designadas para ese uso, era anticipación mezclada con nerviosismo. Un revoloteo en el estomago me tomó por sorpresa. Me sentía ansiosa por conocer a mis nuevas compañeras y no pensaba en mis padres que se dirigían a Lausanne a tomar un vuelo que los llevaría a Arabia Saudita, lejos, muy lejos de mi. Me sentí muy adulta, muy independiente.

Vesna llegó primero y desde que la vi me cayó bien. Era Austriaca, de ojos azules muy grandes, tenía una cabellera negra lacia, gruesa y brillosa, que le llegaba arriba de los hombros. Era muy bonita, más o menos de mi estatura y hablaba en inglés. Ella iría a la sección americana del colegio que se dividía en dos, yo a la sección francesa. Los papás de Vesna estaban divorciados así que su padre fue quien la había acompañado, solo. Ella escogió la cama que estaba cerca del balcón, que era realmente la mejor, por la vista, pero a mi siempre me habían gustado los recovecos, los escondites, las covachas. No sé, creo que, siendo de naturaleza tímida, en ellos me sentía más segura, menos expuesta.
Vesna y yo nos saludamos cordialmente, y seguimos cada una preparando la habitación para nuestra larga estancia. No pensé que me sentiría así, pero me estaba asustando más con cada minuto que pasaba. Pensé que estar lejos de casa no me afectaría, pero me daba cuenta que tenía miedo de estar sola. Por un momento quise hablarle a mis padres, decirles que me había arrepentido, que por favor regresaran por mi y me llevaran a casa, pero sabía que no era una opción. Así que seguí sacando mi ropa con cuidado, doblando las blusas, colgando los pantalones y mirando de reojo a esa niña con la que tendría que cohabitar durante el siguiente año, pasara lo que pasara...
Vesna y yo permanecimos así, en silencio, guardando nuestras cosas, durante más de una hora, hasta que se abrió la puerta de golpe y entró Vito. Vito, Victoria, irrumpió en la habitación con la confianza y tosquedad que la caracterizaban. Ella tenía el cabello rubio y largo, era alta y fornida. No estaba gorda, en realidad era de huesos grandes, tosca, un poco masculina pero atractiva. Entró como una ráfaga y se presentó con una enorme sonrisa, que me pareció un poco forzada. "Yo me llamo Vito" dijo, en español, sacando la mano al frente, casi empujándola hacía mi. Era Madrileña y hablaba muy mal inglés. Había sido internada para estudiar el idioma. Yo me presenté también, pero mientras lo hacía, me percataba de que mi voz estaba saliendo mucho más queda de lo normal. "Tía" me dijo Vito con un tono que en ese momento me pareció intimidante y hasta violento, "habla más fuerte que no te escucho!" y se rió ligeramente. Sé que me sonrojé y por mi mente pasó algo terrible: todo esto me había agarrado desprevenida y no había logrado dar la impresión que yo quería. Yo había planeado estar tranquila, nada nerviosa, reaccionar de manera muy suelta y desfachatada, saludar con serenidad, con confianza en mi misma, con voz fuerte y segura, mostrando todas las características que yo consideraba necesarios para hacer amigos rápida y fácilmente, para entrar en los círculos más selectos, para ser aceptada y pertenecer al grupo al que yo quisiera pertenecer. Pero nada había salido de esa manera. Se había notado lo nerviosa que estaba, me había delatado la voz que se había quedado atrapada en mi garganta, reusándose a salir a pesar de mis intentos, se había notado en la forma en que me quedé muda ante la inadvertida reacción de mi futura compañera de cuarto, que yo estaba aterrada, insegura, vulnerable. Lo sabía, sería una vez más catalogada como alguien tímido, ratonesco, que se intimida fácilmente, sería excluida de los grupitos y viviría el año entero luchando contra mi misma, contra todas esas cosas que odiaba de mí, sabía que eventualmente la gente se burlaría de mi a mis espaldas, que no tendría amigas… luche contra las ganas de llorar que acompañaban a todos esos pensamientos de derrota y después de unos minutos de vacilación, en una voz casi inaudible, dije "Con permiso, voy al baño" y salí corriendo de la habitación.

Tenía dieciséis años y me encontraba adentro de uno de los baños de mi piso, en mi nuevo internado, llorando de la vergüenza y del miedo. ¿Que iba a ser de mi? Había soñado con ese momento tantas veces, desde hacía tanto tiempo y ahora lo había echado todo a perder. En vez de meterme en mi papel, como lo había logrado en Arabia Saudita, en vez de haberme preparado para el primer encuentro con mis compañeras y haber previsto que una de ellas pudiera haber tenido una carácter tan dominante como el de Vito, en vez de haber ensayado el encuentro frente al espejo para que no me tomaran por sorpresa, me había dejado sobrecoger por la situación y ahora no había vuelta atrás. Yo sabía que una vez que había dado la impresión de ser tímida, que había mostrado mis debilidades, no había forma de recuperarme. Ya me había sucedido antes, en Senegal, ¿porque habría de ser diferente esta vez? Me quedé un largo rato ahí, en el baño, lamentándome, hasta que alguien tocó a la puerta, reclamando que llevaba rato esperando su turno. Traté de recuperar la compostura. Me sequé las lágrimas y volví con cierta derrota a la habitación.

En silencio, las tres terminamos de acomodar nuestras cosas. Vito me veía de reojo, yo hacía lo mismo, pero ninguna de las dos volvimos a intercambiar palabras. Cuando tocaron la campana para la cena, bajamos cada una por su cuenta.

En el comedor, Vito se acercó a unas niñas, se abrazaron y se saludaron como viejas amigas. Se sentaron en una mesa con otras cinco chicas que también hablaban español. Yo me senté en otra, lejos de ellas y Vesna se sentó junto a mi, creo que ella estaba tan perdida como yo, aunque aparentaba cierta serenidad. Platicamos un poco, pero yo me había quedado con las ganas de redimirme, de cambiar la primera impresión con la que, según mis elucubraciones, se había quedado Victoria. No podía pensar en otra cosa.

Cuando terminó la cena, Mlle. Slobec tocó la campana otra vez y las niñas salieron corriendo, unas a sus recámaras, otras a la sala de la televisión. Yo vi a Vito y a sus amigas españolas salir por la puerta trasera de la casa. Las seguí, manteniendo mi distancia. Entré detrás de ellas a un pequeño cuartito en el patio, era un chaletcito de una sola habitación que alguna vez debió ser un garage y que habían convertido en el "fumoir". El fumadero. Ahí todas sacaron sus cigarros y comenzaron a intercambiar historias sobre Madrid, sobre sus novios, amigos y los conocidos que tenían en común. Yo me acomodé discretamente en una de las esquinas, observándolas.Le pedí tímidamente a una de ellas
un cigarro. Ella me volteó a ver de reojo, dándome una rápida revisión de arriba a bajo, me pasó uno y me lo prendió, bastante amablemente. Yo no sabía fumar, no lo había hecho nunca. Traté de disimular mi tos, pero no lo logré. Después de varias escandalosas tosidas, Vito volteó a mirarme con sorpresa, una pequeña sonrisa se asomaba por la comisura de sus labios. Antes de que pudiera decirme cualquier cosa, comenté el punto: "Están fuertes estos Camels, yo normalmente fumo Malboro light…" y tosí un poquito más, tratando de recuperar mi respiración. Vito no le dio mucha importancia al asunto, me presentó con sus amigas: "Ella es Tatina, es mi roomie". Las chicas voltearon, algunas saludaron, otras me ignoraron y siguieron conversando. Yo les sonreí y saludé de la manera más despreocupada que pude. Me esperé un momento a que todas volvieran a sus asuntos y salí del fumoir, tirando inmediatamente la desagradable colilla al piso y envolviéndome en mi abrigo. El clima empezaba a refrescar. Miré al rededor: los arboles se levantaban diez, quince metros hacía el cielo, como enormes y frondosas esculturas, las estrellas decoraban la noche limpia con su resplandor, la luna parecía ella sola iluminar el pequeño puente que nos separaba de la calle principal del pueblo y yo, en medio de este espectáculo, no podía pensar en nada más que en volver a casa.

...continuará...

viernes, 24 de abril de 2009

Al fin el Internado

Poco a poco va uno aprendiendo que no todo es como en las películas. Es una realización triste y franca pero que sirve para poner un poco los pies sobre la tierra. Pero... en el caso de los internados, yo descubrí que algunas cosas sí son como en las películas.

Antes de tomar el vuelo a Suiza, en dónde mis papás me depositarían en el internado llamado "Beau Soleil" (Sol Bonito), nos enviaron una carta con todos los requisitos que había que juntar para el inicio del año escolar. Básicamente nos indicaban cuantos chones, cuantos pantalones, cuantas faldas, de que color, de que tamaño (las faldas no podían subir arriba de las rodillas, aunque si les enseñara las fotos de las niñas, no había una que usara la falda a la altura "permitida"...), que cosas estaban permitidas (una corta lista), que estaba prohibido (varias paginas) y demás indicaciones para las futuras alumnas de Sol Bonito. ¡Yo estaba extasiada! ¡Por fin se cumpliría mi sueño de vivir en un internado! Me imaginaba la complicidad con las compañeras, lo estrictos que serían los maestros, las travesuras que les haríamos y las cosas por las que estaríamos en peligro de expulsión mis futuras amigas y yo.

Viajamos mi papá, mi mamá y una tía a la que llamábamos Mme. Chaussette (Sra. Calcetín) porque siempre estaba "puesta" para emprender con nosotros cualquier viaje o aventura. Yo estaba muy nerviosa. No de dejar a mis padres, ya que la verdad era una niña muy independiente, pero de dar una buena primera impresión.

Muy niña, con tanto viaje, aprendí que el primer día de clases es el momento más importante del año y que puede marcar tu vida para siempre. En Senegal, fui una niña muy tímida debido a que desde el primer día dí esa impresión. Bueno, no la dí, ERA una niña muy tímida y además, ¡no hablaba ni una gota de francés! Me refugié en los bancos traseros de la clase para que nadie me invitara a hablar frente a la clase, aterrada de que todos se dieran cuenta que no hablaba el idioma y se rieran de mi. Fui condenada a mi propio aislamiento. Hice amigos poco a poco, pero siempre me sentí incómoda, porque según yo, había sido catalogada y no podía sacudirme la etiqueta. Cuando me juntaba con mis amigos, que eran casi todos mayores que yo, no hablaba. Solo estaba ahí, formando parte del mobiliario, escuchándolo todo, solo para volver por las noches a mi diario y plasmar en papel todos mis pensamientos, mis reflexiones, los comentarios que no había podido compartir con nadie.
Cuando llegué a Arabia Saudita, decidí que las cosas serían diferentes. Tuve una oportunidad que no muchos tienen, podía reinventarme. Nadie me conocía de antes, así que el primer día, en la escuela, actué de manera diferente. Actué. En verdad, me salí de mi ensimismamiento, y actué como una chica extrovertida. No fue fácil, y no sé como lo logré exactamente, pero rápidamente me hice amiga de los chicos más populares de la clase y pude compartir mis opiniones, expresar mis sentimientos, hacer chistes, ser realmente parte del grupo, no un fantasma como había sido en años anteriores…

Ahora, a unos días de aterrizar en Suiza, me prometía a mi misma no volver a cometer ningún error el primer día de clases, y dejar asentado desde ese día, que yo no era tímida y que podía pertenecer al grupo al que yo quisiera y ser completamente desinhibida.

Llegamos al colegio que se enontraba en un pueblito en la montaña llamado Villars-sur-Ollon. La casa en la que viviría era un chaletcito, ubicado justo abajo de un puente, con una vista sobre las montañas que quitaba el aliento. Se llamaba "La Maison de la Harpe" y a su cargo estaba la temida Mlle. Slobec.

Por el prefijo Mlle (Señorita) se pueden imaginar que era una mujer soltera que había dedicado su vida entera a la educación de las señoritas de esta escuela y evidentemente a regañarlas, hostigarlas con sus tareas y obligaciones, acusarlas sin piedad a sus alejados padres y madres, enseñarles "buenos" modales en los momentos menos indicados y sobre todo a convertir cada minuto de sus existencias en una abrumadora pesadilla de deberes, ordenes y castigos. Igual que en las películas.
Pero, a pesar de la Mlle, de que mis padres se irían muy lejos en unos días dejandome sola, de estar sin amigas en un país desconocido, con una bruja como guardiana, ¡yo era feliz!

Mis papás y yo fuimos de compras: pantalones de lana, chamarras, esquíes, botas, gorras, bufandas, guantes, shampoo... al fin estaba equipada con la larga lista y preparada para conocer a mis futuras compañeras de cuarto.

Entramos a la casa. Mlle Slobec saludó amablemente a mis padres con una sonrisa que hasta ellos reconocieron como hipócrita. ¡ Me están entregando con la bruja de Hansel y Gretel !, pensé. (Les juro que hasta tenía en la cara una de esas verrugas a las que no les puedes quitar la vista de encima...) En fin, subimos cuatro pisos de rústicas y chasqueantes escaleras. Las habitaciones estaban divididas según el año que se cursaba. Las más chicas, compartiríamos habitaciones de tres camas, a las mayores les tocaban cuartos solas. A mi me tocó escoger mi cama porque las demás no habían llegado. Era bastante acogedor para un dormitorio de internado. Sobre todo porque todo era maderozo y antiguo. Mi habitación tenía un balcón desde el cual se veían las copas de los árboles… y una pequeña ventana con postigos de madera. Observé el lugar y me gustó. Teníamos un lavabo en el cuarto y unas repisas para nuestros artículos de higiene personal. Miré al rededor y pensé: ¿Quien me tocará de compañera de cuarto? - y en ese momento sentí que pasó por mi cuerpo el primer escalofrío. Sentí un pánico repentino que me dejó paralizada. No había pasado por mi mente que tal vez, como en las películas, me tocarían dos niñas insoportables, que me molestarían y se burlarían de mi, hasta que tuviera que implorarle, llorando, a la Srita Slobec que me cambiara de cuarto… Tal vez me tocarían dos niñas aburridisimas o las más odiadas de la escuela y tendría la obligación de hacerme su amiga por aquello de que compartíamos cuarto y entonces, a mi también, me odiarían todos. Pasaron por mi cabeza todos los panoramas del mundo y fue entonces que me di cuenta que esta aventura a penas iniciaba y que tal vez no sería para nada cercana a lo que yo había imaginado…

…Continuará…

jueves, 26 de marzo de 2009


Antes de continuar tengo que confesar que no todo lo que viví en Arabia Saudita fue desagradable… Descubrí en primer lugar, que hay muchísimas formas distintas de ver el mundo. Lo que a alguien del occidente le puede parecer tan natural, como que una mujer tenga los mismos derechos que un hombre, en otra civilización resulta completamente absurdo e incorrecto. Para mi fue como darle la vuelta a una moneda y ver la vida de cabeza. Pero aprendí mucho. Entendí que había que valorar y sobre todo aprovechar al máximo nuestra libertad! Las pobres chicas que conocí, tenían los mismos sueños que yo, pero para ellas eran inalcanzables.

En una ocasión me invitaron las hijas de un príncipe a su casa a una reunión. Yo era la única extranjera. Al principio no me hicieron mucho caso, sino que platicaban entre ellas y trataban un poco de ignorarme, luego comenzaron a hacer conversación un tanto superficial conmigo acerca de si me gustaba su país y que lugares había visitado, hasta que finalmente se soltaron y a me hicieron preguntas un poco más atrevidas: ¿Había yo alguna vez besado a un hombre? -me preguntó una de ellas, ¿Que se siente? dijo otra intrigada. Poco a poco comenzamos a hablar del amor y de nuestro mundo, del mundo de los occidentales que ellas conocían bien, de lejos, ya que todas habían viajado con sus familias, pero en el que les era completamente prohibido participar.
Querían saber todo, su curiosidad era insaciable. Les conté de mis amigos, los niños de mi clase. De mi novio en turno, de nuestra escuela mixta en la que niños y niñas jugaban y se mezclaban sin ningún recato. Ellas escucharon atentamente. Se rieron y se sonrojaron cuando les conté de la primera vez que había bailado un "slow" con un chico, o de mi primer beso, o cuando les describí al niño que me gustaba y les narré la forma en que me había propuesto que fuera su novia. Fue intenso y divertido compartir todo esto con ellas.
Después de un rato, se pusieron a bailar y me invitaron, felices, a disfrutar la música, la comida y la compañía para luego volver a sus vidas solitarias y completamente aisladas de todo lo que habíamos platicado. Una de ellas, la que había hecho la mayor cantidad de preguntas, me apartó un momento y me invitó de shopping. "No todas somos tan obedientes, me susurró al oído, algunas somos un poco mas atrevidas que otras… "

Norah pasó por mi a las seis de la tarde en su Mercedes negro con vidrios polarizados. Manejaba su chofer y ella venía en el asiento de atrás, cubierta de pies a cabeza con varias habayas: una para el cuerpo, que cubría su falda larga y su blusa de mangas largas, una para el cabello, otra para la cara. Era una momia cubierta de harapos negros de seda. Me subí al carro y nos fuimos a uno de los centros comerciales de la ciudad. Por ahí anduvimos un rato, viendo perfumes y joyas que estaban por mucho fuera de mi alcance pero que ella compraba desenfadadamente. Dieron las ocho y me indicó que acercáramos fuéramos al coche porque me iba a enseñar como ligaban en Arabia Saudita. Ha, pensé, se pone interesante.
En una larga y ancha avenida comenzamos a circular y poco a poco se alinearon detrás de nuestro auto varios carros, en su mayoría Mercedes, Audis, hasta hubo por ahí un Rolls Royce. Norah miraba hacía atrás y me explicaba: "Estos carros que ves atrás, son hombres que quieren mi numero telefónico. Ya me estuvieron observando y ahora me siguen." "Cómo? Tu número telefónico, pero… pensé que ustedes tenían prohibido hablar con hombres hasta que se casaran!" Ella afirmó, "en efecto, está prohibido, pero hay que buscar la forma de encontrar el amor, ¿no crees? ¡Habemos mujeres modernas en este país amiga!"
Entonces ella miró la placa del auto que estaba justo atrás de nosotros y comentó algo con el chofer. (Hay que mencionar que los Saudis solo ocupan puestos de alto nivel o son comerciantes o beduinos. Los Saudis contratan a Paquistaníes, filipinos e indios para hacer las labores manuales. Así, los choferes, los cocineros, las mucamas, los meseros, todos los trabajadores, los empleados, son extranjeros. Los Saudis son dueños, socios, ¡jefes!). El chofer y ella hablaron un momento en árabe y luego ella me explicó: "Tengo que ver que la placa sea de alguien que ocupe un nivel más alto que el mío en sociedad." (La verdad es que nunca supe como podía uno enterarse de eso a través de la placa, pero bueno, le tomé la palabra.) Ya que se había cerciorado de que el hombre que la seguía era un hombre con más estatus que ella, entonces ella bajó discretamente el vidrio de su ventana. El carro de atrás se colocó a un lado nuestro y rápida y sigilosamente aventó un cassette por la ventana que cayó en las piernas de Norah. Norah miró al hombre detrás de su habaya negra. Tenía dos opciones, si le gustaba, guardaba el cassette que tenía inscrito en la etiqueta un nombre y un número de teléfono. Si no le gustaba el tipo, rompía el cassette dejando que él lo viera para que desistiera de una vez…

Y así, cuando llegaba a casa, Norah podría tomar el teléfono y marcarle al hombre que acaba de "ligar" y podría platicar largas horas con él y, eventualmente, si las cosas progresaban, podría, algún día, casarse con él, con un hombre que había conocido, aunque sea por teléfono, previo a su matrimonio...y tal vez, con suerte podrían enamorarse y vivir felices para el resto de sus vidas. Si no, acabaría casandose con el hombre que su padre habría escogido para ella y viviendo la misma vida que había vivido su madre y su abuela y su tatarabuela...

...continuará...



miércoles, 25 de marzo de 2009

Retomando un poco las anecdotas de mi trashumancia

Desde que tenía como siete años soñé con irme a estudiar a un internado. No sé de dónde nació ese sueño, pero era en todo lo que pensaba. Quería irme lejos de casa, a un viejo internado en el que habría gente de todo el mundo, como yo, y en dónde estaría sola, arreglándomelas yo solita. No sé, tal vez eran mis ganas desesperadas de ser una persona independiente o la influencia de todas las novelas que había leído y películas que había visto que sucedían en esas escuelas o simplemente que alguien me había contado acerca de los internados y se me había antojado estar en uno. El caso es que soñaba con ello noche y día.

Habíamos estado viviendo en Arabia Saudita. Yo tenía diez y seis años y hacía un año que habitábamos ese país en el que todo estaba prohibido para las mujeres: no podíamos manejar, no podíamos andar por las calles sin usar las habayas (batas largas negras que cubren todo el cuerpo para evitar las miradas perversas de los hombres), no podíamos ir a comer o cenar con un amigo ya que los restaurantes estaban divididos en tres partes, la sección de mujeres, la sección de hombres y la sección de familias. Claro, pensarán, que más daba, podrían haberse sentado en la sección de familias, pero no era así. Esa sección estaba reservada para familia inmediata: podías permanecer ahí si estabas con tus hijos, tu hermano, tu marido o tu padre pero de ninguna manera con un amigo, un novio o siquiera un primo! Dirán, bueno ¿quien lo notaría? Se preguntarán, ¿acaso había alguien en la puerta pidiendo el pasaporte para confirmar la relación entre los comensales? No, no lo había. Pero rondaban por los moles y por los restaurantes los policías de la religión, llamados Mutaguas. Ellos eran generalmente hombres mayores, con unas barbas largas y amarillentas, que cargaban una varilla larga en su mano con la que espantaban a los turistas a las que al caminar, inadvertidamente, se les abría la habaya y mostraban sus piernas, o las mujeres musulmanas que por andar de compras bajaban la guardia y dejaban vislumbrar un pedacito del mentón o de la cabellera. Estos policías de la religión vigilaban sigilosamente los lugares públicos para que se respetaran las leyes de la religión y no convenía en absoluto rebelarse contra dichas leyes ya que su incumplimiento podía resultar hasta en una encarcelación, aun siendo extranjero.
En Arabia Saudita no había cines, las películas que se rentaban estaban censuradas, en las revistas estaban tachadas con marcador negro todas las imágenes que revelaran algo de piel (o sea, casi todas las fotos de modelos, brazos y piernas incluídas), no había alcohol a la venta, ni hablar de una discoteca o un bar… en fin, era un mundo de abstención absoluta y nada divertido para una joven adolescente de diez y seis años.
Todo lo anterior no significa que no la pasáramos bien de vez en cuando, ¡claro que lo hacíamos! Tuve muchos amigos franceses que iban conmigo en el liceo, hacíamos fiestas en los "compounds" en donde vivían los extranjeros que trabajaban para grandes corporaciones, fiestas en mi casa y en otras embajadas, hasta conocí a unos principes árabes que me llevaron a pasear en sus lamborghinis con los vidrios blindados. Pero en realidad tengo que confesar que después de vivir tantos años en Senegal, con esa libertad maravillosa que se tiene en las ciudades de playa, después de cuarto años de pasarme la vida semi desnuda por las playas y las calles soleadas de Dakar, andar en bicicleta sola o con mis amigas, hacer toda clase de deportes acuáticos, montar a caballo, andar en moto, ir a fiestas y más fiestas de todo tipo, Ryhad fue como llegar a una prisión.

Así que, lo único que quería yo, era irme de allí. Cuando terminó el año escolar mis padres tuvieron que estudiar las opciones que existían para mi, ya que las escuelas de Arabia solo llegaban hasta tercero de secundaria. No había prepas. Los musulmanes no querían una bola de adolescentes extranjeros en plena rebeldía contaminando a los jovenes de su país, de ninguna manera. Así que obligaban a que los padres nos enviaran a estudiar fuera. Lo primero que se los ocurrió a mis papás fue en enviarme a México con mi abuela. Mi hermano ya vivía aquí con ella, estaba estudiando en la universidad. Pero al proponerselo ella respondió con horror: "¿Qué? No, por favor! ¡Lo que menos necesito es cuidar de una joven adolescente a mi edad, ya estoy muy vieja para eso!" Tenía razón: de por si a mis padres les costaba trabajo controlarme, no era justo imponerle esa cruz a mi pobre abuela!

Así obtuve lo que había anhelado tanto tiempo: fui enviada a un internado...¡por fin!

...continuará...

sábado, 20 de septiembre de 2008

Trashumancia profesional

En un principio, este blog estaba destinado solamente para contar recuerdos de mi pasado. Memorias, cuentos, anécdotas. Pero hoy me doy cuenta que mi trashumancia sigue. Ahora no viajo de pais en pais, sino de trabajo en trabajo como un nómada profesional.

Acabo de darme cuenta, en estos últimos días, en la última experiencia laboral, que las cosas no siempre se pueden controlar, sobre todo cuando hasta el trabajo se trata de relaciones personales, de química, de dar y de recibir. Nos enfocamos generalmente en las relaciones amorosas, de amistad y de familia para definir como nos relacionamos con el mundo, y pocas veces evaluamos la forma en que nos relacionamos en el mundo laboral. En este mundo, también hay diferencias irreconciliables, que no tienen a veces absolutamente nada que ver con la eficiencia o el buen desempeño profesional.

En mi mundo, y me refiero al mundo del cine, levantamos compañías enteras que durarán solamente unos meses, con todo lo que esto implica: niveles, jerarquías, reglamentos, compañerismo, riñas, pleitos, enamoramientos, riesgos y retribuciones, compensaciones y castigos. Lo que a otros les toma años hacer, nosotros hemos perfeccionado y hacemos en unas cuantas semanas. Lo que en el mundo real se maneja en meses, nosotros lo manejamos por semana. Y este microcosmos que creamos se llena de la nada de cientas de energías que jalan o deben de jalar todas hacía el mismo fin: la creación de una película, llevar a la pantalla una idea que se encuentra en papel y hacia la cual todos aportamos de una otra forma y sin la cual nada de lo que estamos haciendo tiene importancia.

Son meses en los que poco a poco, la película invade nuestras vidas, hasta que llegamos a hartar a la gente más cercana porque ya no tenemos otra cosa de que hablar. Porque nuestros compañeros de trabajo se han vuelto nuestros hermanos de guerra y solo ellos importan durante esas semanas, a veces meses de trabajo. Al final de una película se siente el vacío de dejar de ver a la gente con la que llevas conviviendo entre catorce y veinte horas al día, todos los días, durante semanas y semanas y quienes se han convertido, algunos en mejores amigos, otros en enemigos, otros han pasado por distintas fases, pero con todos has vivido algo que quedará para siempre marcado en tu vida: la experiencia colectiva de crear. Cuando termina la película sientes el abismo de haber llegado al final de una meta y te sientes una vez más desempleado, sin saber que te espera y extrañando la adrenalidad, la falta de sueño, el dolor de pies...
No es el mismo caso que el escritor que trabaja durante meses, él sólo con su novela, encerrado, apartado del mundo, sumergido en su inspiración. O que el pintor que no deja el pincel hasta dar el último toque a un retrato sobre el que lleva trabajando meses en absoluta soledad. Nosotros creamos en conjunto, a veces sintiendo que nuestra aportación es insignificante, a veces enorgulleciendonos de los resultados, pero siempre trabajando en equipo y siempre sabiendo que cada uno de nuestros actos repercute en esta estructura pyramidal en la que el director comparte con nosotros y con el mundo, su visión de las cosas. Todos trabajamos con él o con ella. El es el vortice de nuestros esfuerzos, porque el conjuga todas las aportaciones y las filtra, las enfoca y las plasma en la pantalla. El fotógrafo aporta los encuadres, el ambiente a traves de las luces, el Director de Arte diseña los espacios, las escenografías, pero todos saben que si su trabajo destaca demasiado puede perjudicar la historia, todos sabemos eso, que el único protagonista es la historia.

A veces, en estas trashumancias, nos topamos con gente con quien no nos entendemos, porque no hablamos el mismo idioma. A veces nos oyen pero no nos escuchan, porque solo escuchan el ecco de sus propias palabras. Y me pregunto, en ese caso, en el que uno no está siendo escuchado, en el que las palabras rebotan contra los muros, en el que los esfuerzos son superados por los detalles más insignificantes, ¿que se hace?

lunes, 4 de agosto de 2008

El Flasher de Old Brompton Road

Mi escuela primaria, Bousfield, se encontraba a escasas dos cuadras de mi departamento. Vivíamos en un condominio compuesto de varios edificios que formaban un rectángulo, al centro del cual había un enorme y florido jardín. Coulherne Court se llamaba el condominio.
Cuando supe que iba a asistir a una escuela tan cercana, me llené de ilusión, había soñado con poder ir sola a la escuela, sin que nadie me acompañara. Me hacía sentir mayor aunque solo tenía siete años.
Al principio mamá me acompañaba, o mi nano, Vladimiro, un joven, negro, alto y fornido que venía de República Dominicana y nos adoraba a mi hermano y a mi. El había sido militar en su país y desde que llegó a trabajar con nosotros, nos advirtió que bajo su custodia, entraríamos en un estricto régimen militar. Cumplió con su amenaza desde el primer día: a las seis de la mañana, cuando aún no se asomaba ni el sol, nos despertaba con un conteo del uno al diez. Su voz, con cada número, iba en crescendo, hasta que al llegar al número diez y ver que aún seguíamos escondidos bajo nuestros edredones, lo tomaba la punta y jalaba de él hasta dejarnos completamente descubiertos en el frío de la mañana Londinense. Las primeras veces nos quejamos y pedimos unos minutos más, pensando que podríamos convencer a nuestro nano de que nos permitiera un poco más de sueño, pero al darnos cuenta que Vladimiro lo tomaba muy en serio y que era completamente inmune a nuestras seducciones, acabamos obedeciéndolo y nunca más volvimos a llegar tarde al colegio. El resto de la rutina no era excenta del estricto orden: teníamos quince minutos contados para bañarnos, diez para vestirnos, otros quince para comernos todo el desayuno que mi madre tenía listo en nuestros platos, dos para tomar los abrigos y guardar los últimos útiles y libros de la escuela y un minuto exacto para estar listos frente al elevador dónde nos esperaba impaciente para llevarnos a la escuela. A pesar de todo esto, probablemente porque era encantador y sobre todo porque solo tenía dieciocho años y a veces era más niño que nosotros, lo queríamos mucho.

Después de un tiempo, y bajo mi insistencia Vladimiro me ayudó a convencer a mis padres de dejarme ir sola al colegio. Recuerdo que poco antes nos habían mostrado en clase un video preventivo, obligatorio en todas las escuelas primarias de Inglaterra, en el que nos enseñaban a no hablar con extraños, a cuidarnos en las calles, a prevenir. Había habido muchos robos de niños y los padres y maestros insistieron en que prestáramos atención al video. A mi se me quedaron grabadas las escenas en las que una niña iba caminando sola y sentía detrás de ella unos pasos. Ella volteaba y veía a un hombre y el narrador gritaba "CUIDADO, NO TE DETENGAS, NO LE HABLES, CORRE HACIA UN LUGAR CON MUCHA GENTE".

Una tarde, salimos de la escuela después de la clase de teatro y estaba empezando a oscurecer. Ha de haber sido durante el invierno porque a penas eran las cuatro y media de la tarde. Ibamos mi amiga Rachel y yo, ambas vivíamos en Colherne Court, ella en la primera cuadra, yo tres más adelante. Llegamos a la entrada de Rachel y nos despedimos. Yo comencé a caminar hacía mi departamento, un poco temerosa, ya que se estaba yendo rápidamente la luz del sol. Iba a mitad del camino cuando sentí que alguien me seguía, por mi mente pasaron las advertencias del video. Voltee ligeramente hacía atrás y vi a un hombre con un largo impermeable negro que venía detrás de mi. Aceleré rápidamente el paso. Mi corazón comenzó a latir desesperadamente y me imaginé toda serie de cosas que podrían sucederme, después de todo era Londres, una gran ciudad, llena de violadores, rateros, huligans y skinheads. Pasé junto a la tiendita de los dulces en la que todas las mañana compraba mi dotación, pero estaba cerrada así que no me pude refugiar ahí. Comencé a correr, solo faltaba media cuadra para llegar a mi entrada. En ese momento ya no voltee para ver si me seguía, solamente planeaba timbrar rápidamente y esperar a que me dejaran pasar. Me detuve finalmente, sin aliento y sudorosa, frente a los timbres de mi edificio y voltee hacia atrás una vez más, por si se encontraba cerca. Detrás de mi no había nadie. Me recargué sobre la puerta para abrirla y miré hacía la calle: el hombre se había cruzado la calle y estaba parado del otro lado, viéndome fijamente. No supe que pensar y sobre todo no tuve ni tiempo de reaccionar, cuando el hombre abrió de golpe su impermeable y, para mi enorme sorpresa, se mostró en toda su desnudez. Me tomó tan desprevenida, que me quedé viéndolo paralizada y la verdad, un poco divertida. El hombre al darse cuenta que en vez de asustarme, me había provocado una sonrisa, se cubrió rápidamente y huyó, hasta desaparecer, al final de la calle.
Fue la primera vez que vi a un hombre desnudo... pero no quedé muy impresionada, me pareció curioso que alguien hiciera tanto aspaviento solo para mostrarle sus partes privadas a una niña de siete años. En otra ocasión, lo vi de lejos, pero yo estaba con Rachel a quien ya le había contado la historia y lo señalé inmediatamente. El hombre en vez de volverme a mostrar su cuerpo huyó de la escena...

Finalmente no sabemos porque la gente hace las cosas que hace. No sabemos que tipo de placer obtiene una persona al mostrar su desnudez a un desconocido. ¿Qué pudo haber pasado por la cabeza de ese señor cuando abrió su impermeable y se exhibió?

viernes, 1 de agosto de 2008

Mis Mentiras. - aunque no todo lo que cuento es mentira, hay muchas mentiras en lo que cuento –

Sé en que momento preciso empecé a decir mentiras. Lo que no sé es en que momento comencé a creérmelas. El movimiento, la trashumancia, permite que te inventes un pasado, que crees personajes, que esculpas tu vida a tu conveniencia. No hay testigos, solo tu palabra cuenta y cuando tienes una imaginación activa, las aventuras que te inventas, no tienen límite.

Recuerdo el frío de la cama, las sábanas sujetadas hasta mi barbilla, la luz del pasillo penetrando por la rendija de la puerta y los ruidos que hacía mi madre en su recámara, buscando un arete o su bolso, mientras yo esperaba impaciente a que entraran a despedirse.

Vivíamos en Londres. Nos habíamos mudado unos meses atrás de Moscú en dónde había pasado los últimos cuatro años de mi vida. Yo tenía ocho, mi hermano diez. Londres era un grato cambio de vida: el clima, aunque a todos les pareciera deprimente, era más agradable que los nueve meses de frío que había que soportar en Rusia. Era una ciudad viva, libre, no había que cuidarse constantemente de lo que uno hacía porque no existían las prohibiciones. Mis padres pasaba mucho tiempo fuera de casa. Por las noches nos quedábamos solos con la muchacha en turno. Ellos asistían diario a numerosas fiestas diplomáticas, cenas y cocteles. Antes de salir, entraban a mi cuarto, él se veía alto e imponente, como un príncipe europeo, con un elegante traje oscuro, mancuernillas de plata, invitación en mano. Ella portaba uno de sus hermosos vestidos, joyas compradas en Paris, el cabello recogido en un elaborado chongo, y su largo abrigo de Mink. Me besaban en la frente y cerraban la puerta tras de sí. Yo permanecía quieta en la oscuridad y en el silencio, escuchaba los tacones alejándose por el pasillo y aspiraba el aroma que había dejado atrás mi madre, intentando adivinar cual era el perfume que se había puesto esta vez.

Cuando llegamos a Londres el mundo se abrió frente a mi. Mi madre nos llevaba a las jugueterías y ni mi hermano ni yo podíamos creer lo que veíamos. Hilera tras hilera de monos de peluche, juguetes electrónicos, Barbies con accesorios, juegos de mesa, pistolas, pelotas, bicicletas… caminábamos por los pasillos con las bocas abiertas, sin atrevernos a tocar nada, sin atrevernos a soñar siquiera. Nos tardábamos lo que parecían horas en escoger algo, después de largos recorridos por los pasillos amontonados. Una de las primeras veces que fuimos al departamento de juguetes de Harrods, una tienda elegantísima que se encontraba en la esquina de Brompton Road y Hans Crescent, encontré la muñeca más maravillosa que había visto jamás: estaba vestida de azul, tenía unas trenzas hermosas pelirrojas como las de Ninotchka, era de tez blanca, casi traslúcida y me sonreía, insinuando: “llévame a casa, anda…”. La levanté en mis brazos y supe que tenía que ser mía. Corrí hacia mi madre y le supliqué que me la comprara, a lo que ella accedió con gusto. Pero, cuando llegamos a la caja, mi mamá se dio cuenta que no traía suficiente dinero. Me explicó con calma que volveríamos al día siguiente por la muñeca, pero, pese a sus explicaciones, el pánico comenzó a invadirme: recordé las veces que alguien nos daba el pitazo en Rusia de que había llegado un cargamento de juguetes extranjeros a la única juguetería que había en la colonia. Salíamos apresurados a comprarlo pero al llegar nos encontrábamos con una marabunta de padres y madres, unos encima de otros peleando los últimos juguetes que quedaban. Me eché a llorar inconsolable, "mañana ya no va a haber…" le reclamé a mi mamá “por favor, cómpramela hoy”. Ella sonrió, consciente de que estábamos acostumbrados a la carestía y me llevó con una señorita. "¿Cuantas muñecas cómo ésta tienen en existencia, Señorita?" le preguntó, con paciencia. La señorita rió y se agachó para contestarme. "No te preocupes, hay muchas aquí, ve." Y me enseñó la larga fila de muñecas idénticas a la mía. "y si ya no hay aquí, tenemos una bodega enorme en dónde hay miles más…". Yo me sequé los ojos y la nariz y en verdad traté de creerle. Pero una parte de mi conservó la certidumbre de que no habría muñecas como la mía al día siguiente, porque así eran las cosas, porque según yo, las cosas no podían cambiar de una día para el otro.

Al día siguiente fuimos a Harrods. Ahí estaba mi muñeca junto con muchas otras más. Había estado equivocada. Había algunas cosas que si podían cambiar.


Mi hermano iba a una escuela privada que le habían recomendado a mi padre. Era una de las escuelas más tradicionales de Londres, se llamaba "Lattimer Upper School". Usaban ridículos uniformes que constaban de unos bermudas de pana rojo ladrillo y sweater amarillo mostaza. En esa escuela iban todos los niños de la alta sociedad inglésa. Yo, en cambio, fui ingresada a una escuela pública que se encontraba muy cerca de nuestro departamento, en la que no exigían uniforme y dónde había niños de todos los níveles socioeconómicos. A mi me alegró la decisión y di gracias por no haber sido enviada a una de las escuelas elegantes que había para las niñas "bien". Las veíamos desfilar desde la ventana de nuestro salón, todas vestidas de azúl, con sombreros y faldas, todas bien peinaditas, haciendo una fila ordenada siguiendo a una mujer muy compuesta y rigida que las dirigía a todas.

En mi primer día de clases, llegué a la escuela con mi papá, agarrada con la vida de su mano. Tenía mucho miedo. Supongo que todos los niños tienen miedo cuando llegan a una escuela nueva.


Mi papá me dejó en la entrada con unas palabras de aliento y desprendió uno por uno mis dedos engarrotados a los suyos. Yo hice todo el esfuerzo posible por no soltarme a llorar en ese momento y por no suplicarle que me llevara a casa, sabía que mi padre no cedería ante un berrinche tal, que sólo lograría hacer el ridículo frente a mis futuros compañeros de clase. Recurrí a todas mis fuerzas, me despedí de él con la mano, casi imperceptiblemente, y le di la espalda dirigiéndome al salón al que se dirigían todos.

Nos aglomeraron en una enorme sala. Después de algo que sonaba así como "sidondefloorwiyourlegscross" los niños comenzaron a sentarse en el piso con las piernas cruzadas. Yo los imité. La directora de la escuela, una mujer grande e imponente, subió al podio y comenzó a hablar. Yo la miré fijamente sin entender nada, absolutamente ni una palabra. A mi alrededor, casi todos los niños pequeños estaban igual que yo, parecía que tampoco entendían una palabra de lo que se decía en el micrófono. Los más grandes se saludaban entre ellos, hacían comentarios, reían. Después del discurso, la señora gorda presentó a los maestros uno por uno. Algunos recibieron un auténtico aplauso de felicidad, otros fueron brutalmente abucheados, otros, los nuevos, recibieron un silencio intimidante. Finalmente nos separaron en grupos y cada maestro guió al suyo hacía el salón que le correspondía.

Mrs. Metcalf nos llevó al que sería el nuestro. Ella era una mujer delgada y alta, con el cabello cano, lentes redondos y una sonrisa amable. Se notaba que los niños la querían, muchos silbaron y festejaron con júbilo cuando supieron que ella sería nuestra maestra. Al llegar al salón me dirigí a un pupitre del fondo en el que pudiera ocultarme discretamente cual molusco en su concha, más no funcionó. Escuché mi nombre seguido de algo más: "Buenos días Tatina, bienvenida a Bousfield." ¿Estaba alucinando o realmente había entendido lo que me estaban diciendo? Me quedé viéndola fijamente tratando de comprender en que idioma que me había hablado. Ella se rió. "Aprendí español de niña, viví en España con mi padre." me dijo la ahora encantadora maestra. Por fin había encontrado a alguien con quien me podría comunicar, me alegré. "Hola" le dije tímidamente, "que bueno que usted habla español…" "Por favor ven aquí un momento, Tatina" me pidió. Me puse de pié. Los demás niños me veían como si fuera de otro planeta, caminé hacía ella, las piernas temblorosas. Mientras, ella comentaba algo a los alumnos. Algunos levantaron las cejas, me supuse que les estaba explicando de dónde venía y cual era la razón por la que no hablaba ni una palabra de inglés. "Hello Tattina" dijeron todos al unísono cuando llegué al pizarrón. Ms. Metcalf me tomó los hombros y susurró algo en mi oído. Yo lo repetí: "Hello boys and girls". Creo que alguno que otro se rió, algo he de haber pronunciado mal.

No recuerdo mucho acerca de los siguientes meses, mientras me ajustaba al idioma y al país nuevo, solo sé que no pasó mucho tiempo antes de que me sintiera como pez en el agua. El instinto de supervivencia es fuerte y para sobrevivir en una escuela nueva hay que hacerse de amigos, para lo cual más vale hablar el idioma. Pronto sustituí el ruso en casa y comencé a contestarle a mi madre, que seguía insistiendo en enseñarme español, en inglés.

A mi madre le gustaba mucho más Londres que Moscú. Para empezar hablaba el idioma, en segundo lugar ya conocía a algunas personas, lo que le facilitó hacer amigas rápidamente. La depresión se le fue quitando poco a poco, volvió a sonreír, volví a oírla cantar, volvió a contarnos el famoso cuento de "Pirrimplin y Cuarracuaz" que inventó cuando yo era más pequeña. Recuerdo que me metí una noche en su cama, cuando tenía yo unos tres o cuatro años. Ella leía. Yo quería que me contara un cuento. Mi madre dejó el libro y pensó por un instante. "Te voy a contar la historia de un duende que vive en un hongo" iba inventando conforme hablaba, "que se llama Pirrimplin y es más pequeño que tu meñique. Pirrimplin vive en un mundo de grandes en el que también existe un brujo muy malo llamado Cuarracuaz, que lo odia y que se pasa el tiempo haciéndole maldades …". "¿Y porque lo odia?" pregunté yo en una vocecita, imaginándome al terrible brujo Cuarracuaz. "ah, pues simplemente lo odia porque es diferente…". Así empezó el cuento que juntas hicimos crecer y crecer, de capítulo en capítulo, hasta que yo fui demasiado grande para escucharlo o perdí la paciencia con mi madre.

Los primeros meses, durante los cuales yo estaba luchando por aprender el idioma, no tuve muchas amigas. Los niños de la clase no me hacían mucho caso y a las niñas les daba solamente un poco de curiosidad. Yo trataba de integrarme, con la ayuda de Ms. Metcalf, pero para cuando logré aprender el inglés, los grupos ya se habían formado.

Una niña llamada Elaine, se acercó a mi desde el inicio. Ella tampoco tenía muchos amigos. Los niños se burlaban de ella porque tenía las orejas grandes y salientes. No era muy alta y tenía el cabello largo y rubio, casi blanco. Elaine y yo no tardamos en hacernos amigas, vivía en el mismo condominio que yo y su familia era muy amable aunque un poco rara porque el padre por alguna extraña razón nunca estaba presente. Cuando les preguntaba al respecto me decían que él trabajaba para el gobierno en asuntos secretos de estado y que andaba de viaje por África o por algún otro lugar extravagante. Las pocas veces que lo ví, el hombre se encerraba en su cuarto y no hacía caso de nadie. Elaine y yo coqueteábamos con la idea de que era un espía, un especie de 007 que vivía grandes aventuras en países extraños. Ahora que lo pienso, aún no sé que es lo que los padres de Elaine trataban de ocultarle con tanto misterio, pero supongo que ha de haber sido algo mucho menos emocionante que lo que nosotros nos imaginábamos.

Elaine y yo fuimos mejores amigas los dos primeros años de Bousfield. Éramos inseparables, no nos importaban los demás niños ni los grupos que se habían formado y en los cuales no estábamos incluidas. Una tarde, estábamos todos reunidos en un salón, cuando entró Tiffanny, una de las niñas más bonitas y populares de mi clase, y se dispuso a repartir invitaciones para su fiesta de cumpleaños. Era obvio que su intención, al hacer la repartición frente a todos, era demostrarles a aquellos que estaban invitados a su fiesta lo privilegiados que eran y, evidentemente, que aquellos que fuimos excluidos lo sintiéramos. Una vez más, Elaine y yo no fuimos requeridas. Me fijé en aquellos que tampoco fueron seleccionados: Beverly, una gordita que seguía al grupo de Tiffany a todas partes y les regalaba dulces para conseguir su afecto, Sarah, una niña hija de emigrados pakistanis, Elaine, mi mejor amiga, que en ocasiones apodaban Dumbo, Pierre, el francés que se sacaba los mocos frente a todos y a quien llamaban "rana", Timothy, que tenia padres divorciados, y yo, la mexicana que hablaba ruso pero no inglés. No me gustó nada lo que vi. Todos los que éramos relegados, lo éramos por la misma razón, por ser distintos. Yo que había creído todo este tiempo que porque dominaba el inglés y porque había adoptado el acento británico, iba a dejar de destacar entre mis compañeros… ese día me fui a casa triste. Elaine quiso que jugáramos en el parque, pero por alguna razón ese día Elaine dejó de ser mi persona favorita. Habíamos sido clasificadas y segregadas por algún “defecto” o por ser extranjeros. Me di cuenta que yo no iba a pertenecer nunca a ningún sitio, que siempre sería diferente. Lo único que anhelé en ese momento fueron las vacaciones de verano que se acercaban cuando iría con mi familia a México.

Pero México fue más decepcionante aún. Ahí, los primos, los tíos, los amigos de mis padres, me trataban como un chango de circo. Me pedían que hablara en ruso, que recitara poemas en inglés con mi recién adquirido acento británico, era yo un bufón para su divertimento. Pasé unas vacaciones miserables. Mis primos se conocían desde la pequeña infancia, mi hermano y yo, éramos los primos de "fuera", ocasionales, prescindibles… les divertía ponernos a prueba con cosas que para ellos eran naturales y que nosotros no conocíamos. No hablábamos con modismos, nuestro vocabulario y nuestro acento eran "raros", no comíamos chile, no sabíamos hacer un taco, nos asustábamos con las calaveritas de muerto, no conocíamos las costumbres, ni los chistes, ni el albur.

Cuando volvimos del viaje me aparté de mi amiga Elaine. Pensé que no sería una buena estrategia para mí ser catalogada junto a ella. Decidí que las cosas iban a cambiar, que yo iba a pertenecer a ese grupo de niñas a como diera lugar. Evidentemente, Elaine no tardó en darse cuenta que la estaba evitando, se alejó de mí como era de suponerse y perdí a una gran compañera, ¿a cambio de que? Sucedió sin que me diera cuenta.


Una mañana, en la clase de inglés, nuestro adorado maestro Mr. Ford nos pidió que narráramos experiencias de nuestras vacaciones. Varios niños contaron sus historias, todas muy simples, todas muy comunes acerca de veranos pasados cerca de la playa inglesa, congelándose en el frío mar del norte o paseando por los parques londinenses buscando un espacio libre entre el tumulto de sillas plegables y toallas tendidas en donde acampaban los ingleses tratando de capturar los escasos rayos de sol que les brindaba el efímero verano. Llegó el momento en que me tocaba contar la mía. Se hizo un silencio bochornoso. Por mi cabeza pasaron algunas vivencias que despaché rápidamente. Pero, me pregunté, ¿qué sucedería si yo inventaba mi verano? Nadie se daría cuenta, nadie conocía México, nadie me podría acusar de una mentira… "Este verano murió mi abuelo y yo ví su fantasma…" les dije a todos en un tono susurrante y misterioso. Logré, con esa frase, despertar la imaginación de los niños, quienes voltearon hacia mi. Me subí al pupitre y comencé a narrar mi historia: "En México, cuando alguien muere, le ponen un altar en la casa con todas las cosas que le gustaban, desde el clásico cigarro, si era fumador o chocolates y dulces si era muy goloso. Confeccionan calaveras de azúcar y de chocolate y les ponen los nombres de los miembros de la familia, luego hacen unos caminos de flores en los pasillos para que cuando el alma del muerto vuelva de visita no se pierda. Ese día es una gran fiesta, la gente se junta en las casas esperando que anochezca. Cerca de las tres de la mañana todos esperan al espíritu del muerto que llega a comerse su calavera y a probar los manjares que le han puesto sobre su altar." Alrededor, mis compañeros me miraban con las bocas abiertas. Yo sabía que el día de muertos era en noviembre y que yo había vuelto de vacaciones en agosto, pero concluí que no había de que preocuparse ya que nadie podría contradecirme. "La noche de muertos, todos los adultos se habían ido a dormir…" narré casi en susurro, busqué un sitio en la pared a dónde mirar fijamente como lo hacían los personajes en trance de las películas de terror. "Mis primos y yo, decidimos bajar al sótano en el que se encontraba el altar de mi abuelo junto con todos los objetos que le habían pertenecido. Era un lugar lúgubre y oscuro al que nadie bajaba a menos que fuera indispensable. Mis primos y yo nos detuvimos frente a la escalera de caracol para decidir quién se atrevería a bajar a ese sótano, jugamos un veloz papel, piedra y tijera que yo perdí. Me tocó, no había vuelta atrás. Estaba aterrada, sentía que los pelos de mis brazos se ponían de punta, pero sabía que tenía que hacerlo, me habían retado. Bajé uno a uno los escalones de mármol, mi mirada fija sobre la puerta de madera, siguiendo el delgado camino de flores de zempasúchitl que daba al sótano. Llegue a la puerta y la abrí, sigilosamente, me temblaban las piernas y la mano sobre la manija me sudaba, la puerta rechinó al abrirse, la luz del pasillo iluminó el interior…" En ese momento Beverly, la gordita, dejó escapar un gritillo que sofocó rápidamente, continué, lenta y pausadamente "…y fue entonces que lo ví… estaba sentado en su vieja mecedora, meciéndose de adelante para atrás, fumando una pipa, era mi abuelo, tal como lo ví la última vez antes de que muriera…" los niños se movieron incómodamente en sus lugares. Nicole, una niña atrevida y rebelde, estaba pasmada y preguntó "pero ¿cómo era, translucido cómo en las películas?" "No. Le contesté, era tal como una persona viva. ¿Y saben que hizo?" los niños de la clase me miraron estupefactos. "Me miró a los ojos y me hizo señal con la mano de que me acercara. Al principio yo estaba paralizada, no podía mover las piernas, pero poco a poco di unos pasos hacia él. Cuando me había acercado, me indicó con la mano que me agachara aún más, cerca de sus labios para que pudiera escuchar lo que me iba a decir. Hice lo que me pidió, aterrada, y fue entonces que me dijo "tu madre era mi tesoro, cuídala mucho". Se estaba despidiendo de este mundo y necesitaba asegurarse de que alguien cuidaría su hija. Le dije que si y caminé hacía la escalera, cuando volví a voltear hacia él para despedirme, había desaparecido. Salí corriendo de allí y no le conté a mis primos ni a nadie más lo que me había sucedido, estaba segura de que no me creerían." El salón de clases estaba más silencioso que nunca, yo me sequé una lágrima falsa que se me estaba escurriendo por la mejilla. Hubo un silencio incómodo. Pensé que tal vez alguien se reiría o me haría un comentario hiriente, pero no fue así, mis compañeros comenzaron a abrumarme con preguntas que yo contestaba en detalle, hasta que sonó la campana y salimos al recreo.

Esa mañana cambió mi vida. Me volví famosa. A veces para continuar con el suspenso, me detenía en medio del recreo, mirando fijamente a una pared, señalándola, aterrada. Cuando alguien se fijaba en mí les explicaba que había vuelto a ver al abuelo y que me estaba comunicando algún críptico mensaje. Tardaba un poco en reponerme, todos me creían, no sé bien porque, y me volví parte del grupo de Tiffany, Nicole y Rachel, las chicas más guapas y populares del salón. Nunca más fui excluida de una de las fiestas, fui novia de Simon, el niño más guapo de la clase, y todos me aceptaban y me querían.

Elaine se sentaba sola. Yo evitaba su mirada que me hacía sentir mal. Pero había elegido el camino y era imposible dar marcha atrás. Una que otra vez traté de integrarla con mi nuevo grupo de amigas pero no fue fácil, después de un rato desistí.

Todo iba de maravilla, yo era popular y feliz, dominaba la ciudad y el idioma, me encantaban mi casa, mis amigos, la tienda de dulces de la esquina en la que me conocían y a menudo me daban pilones, los maestros de la escuela, hasta la lluvia que caía a diario y que a todos deprimía, a mi me gustaba. Pero un día llegó mi padre a casa con una botella de Champagne en mano y supe que el momento temido había llegado. Pensé que si me tapaba los oídos podría evitar lo inevitable. Mi padre había sido asignado a un nuevo puesto y partiríamos dos meses más tarde. A cambio, tendría una casa con jardín y me comprarían un perro. Lloré y lloré pero las lágrimas no cambian el destino. Había que dejarlo todo atrás y empezar de nuevo otra vez…


viernes, 25 de julio de 2008

Una Vida Distinta

Cuando uno es niño piensa que las vidas de todos los niños son iguales. Si te gustan los chocolates no te cabe la menor duda que a todos les ha de gustar el chocolate. Si te gusta esquiar, determinas que el esquí es algo universalmente festejado. Pero esa burbuja se rompe inevitablemente cuando vas comprendiendo que cada quien es un individuo distinto y que las experiencias te forman y eventualmente, te cambian. A los siete años comprendí que yo sería distinta de los demás, que la separación regiría mi vida y el doloroso significado de la palabra efímero.

Mi familia y yo llegamos a Moscú un frío jueves de octubre de 1973. Yo tenía cuatro años, Breshnev era presidente y el sol se escondía a las tres de la tarde todos los días. Nos asignaron un departamento en el que no cabríamos, no había tomates frescos, ni aguacate, ni coca cola. Abundaban las papas, el pan y la mantequilla y teníamos una cocinera que no hablaba mucho pero preparaba docenas y docenas de Pilmieni (unos ravioles deliciosos que no he vuelto a comer desde entonces), sopas de col, de betabel y de sobras, que le quedaban exquisitas.

Mi padre era diplomático y se había especializado en Rusia, estudiando su política y su historia. Como había aprendido el idioma en la universidad y lo hablaba a la perfección, se adaptó fácilmente a la gris y triste ciudad, al sistema comunista y al frío. Él era un hombre apuesto: alto, esbelto, siempre erguido con distinción. Siempre admiré que se hubiera formado a si mismo. A los dieciocho años había huido de Monterrey su ciudad natal, para cultivarse y hacerse de un puesto que lo llevaría por el mundo entero y le mostraría las bellezas de nuestro planeta. Era un amante de la literatura, del teatro, de la ópera, del arte pictórico y la arquitectura. Lo apasionaban la historia, la música clásica, el ballet. Moscú, para él, era una fuente desbordante de cultura y de historia. Rápidamente se hizo de amigos soviéticos, integrándose a los círculos más cerrados de artistas, pintores escritores y escultores.

Para mi madre, en cambio, Rusia sería una cárcel, un lugar sombrío, una tumba. Ella no hablaba ruso, ni abrigaba muchas intenciones de aprenderlo. La ciudad le parecía deprimente y no lograba acostumbrarse al clima. Proclamaba con frecuencia que era de tierra caliente y que si el clima no lograba calentarla, buscaría otra cosa que lo hiciera. Se llamaba Marcela. Era una mujer de cuarenta y cinco años, once años mayor que mi padre. Tenía un rostro hermoso, fino, que había heredado de su abuela inglesa; el cabello largo, negro, partido a la mitad, que acostumbraba colocar en un chongo alto. Se vestía siempre con elegancia, usando una terrible faja que me recordaba a los vestidos del siglo pasado que embutían a la mujer hasta la asfixia. Era una mujer dulce, abnegada, cariñosa, pero se encontraba paralizada ante el cambio. No lograba integrarse como él al nuevo país y al no hablar ruso, construyó una muralla a su alrededor que impedía que entraran tanto las malas como las buenas experiencias de vivir en el extranjero.

Mi hermano y yo entramos a una escuela soviética para aprender el idioma de manera más natural, cosa que sucedió rápidamente y sin mayor esfuerzo. Era vital comunicarse con los compañeros, defenderse de las típicas agresiones infantiles, hacer intercambios de mercancías que traíamos del extranjero. Los niños, privados de las invenciones del mundo capitalista, hacían cualquier cosa por conseguir algo que proviniera de América. Una vez, mi hermano llevó a la escuela un paquete de chicles Wrigleys Spearmint que le había sobrado de las últimas vacaciones. Los niños de su clase enloquecieron, prometiendo traer algo valioso para llevar a cabo el trueque. Al día siguiente se juntaron todos en el recreo para mostrarle los artefactos que habían conseguido: había osos de peluche de todos tamaños y colores, carritos mecánicos en miniatura, mochilas, juegos de mano, globos, patinetas y pelotas. Pero a mi hermano de seis años no le interesaban tanto los juguetes. Era un niño precozmente intelectual. A su tierna edad ya le interesaba la lectura, le entretenían los rompecabezas, dibujar ciudades y castillos en hojas cuadriculadas, perfilándose como arquitecto o diseñador. También había heredado de mi padre el interés por la historia, la geografía, los cuentos de guerra y de invasiones militares. Estaba por conformarse con un carrito miniatura bastante bien cuidado, cuando se paró frente a él Nicolai, un compañero suyo, rubio, grandulón, con una nariz apachurrada como de boxeador y abrió su mano para revelar una medalla. Era una estrella de cinco picos rojos, desgastada por el tiempo, con la imagen del kremlin al centro y las letras CCCP inscritas en oro sobre un fondo azul cielo. Más tarde descubriríamos que era una de las condecoraciones más importantes que otorgaba el ejército soviético a sus héroes nacionales. Mi hermano sacó de inmediato el paquete de chicles y lo cambió por la hermosa y valiosa condecoración. Al llevarla a casa y mostrársela a mi padre, él nos sentó a los dos en la sala y nos explicó que no debíamos aprovecharnos de la austeridad en la que vivían nuestros compañeros rusos. Nos explicó que podríamos haber metido en graves problemas a Nicolai, porque seguramente habría robado la medalla de su padre o quizás de su abuelo para poder hacer el trueque. Nos pidió que fuéramos más generosos y que debíamos compartir y no intercambiar las cosas que conseguíamos en el extranjero, o al menos, si no era nuestra intención compartir, no ostentar nuestra situación privilegiada frente a nuestros amigos rusos. Al día siguiente mi hermano le devolvió la hermosa condecoración a su amigo Nikolai, quien se lo agradeció infinitamente, ya que, en efecto, la había robado y su padre le había proporcionado una buena paliza.

Mi hermano hablaba bien el ruso, yo (a decir verdad) mejor. Cómo camaleón, adquirí el acento y la idiosincrasia de mis compañeros soviéticos. Cuando los maestros de la escuela quisieron forzarnos a afiliarnos a mi hermano a los Pioneros y a mi a los Aktobriata (las organizaciones infantiles del partido comunista) yo no me opuse. Mi hermano, en cambio, protestó y se negó apasionadamente a pertenecer al sistema, aunque ello significara ser excluido de numerosas ceremonias y fiestas a las que asistirían todos sus amigos. Mi padre se vio obligado a hablar con la directora y, tras un inocente soborno compuesto de algún producto del mundo capitalista, consiguió que mi hermano fuera exonerado. Yo, en cambio, me regocijaba junto con mis amigos soviéticos en cantar canciones alabando al partido, distribuir propaganda y portar sobre mi uniforme, café obscuro con delantal negro, a guisa de condecoración, una pequeña estrella roja con la cara del niño Lenin estampada al centro. No es que tuviera una propensión profunda hacía el sistema comunista - aunque poco a poco fui mostrando evidentes inclinaciones más hacia la izquierda que a la derecha - mi objetivo principal era no ser señalada.
En casa me negué a aprender el español. Cuando mi madre me hablaba le contestaba en ruso, y sólo gracias a la interpretación de mi nana, Ninotchka, mi mamá captaba alrededor de un cincuenta por ciento de lo que yo decía.

A mi madre no le sentaba bien Moscú. Antes de llegar había vivido unos años en Washington. Mi madre recordaba con nostalgia la abundancia de los supermercados norteamericanos, el poder desplazarse sola por la ciudad, poder comunicarse con la gente y que la gente la entendiera. Sobre todo, no se acostumbraba al hecho de que su sirvienta y la nana de sus hijos fueran informantes de la KGB. Tampoco se acostumbraba a que, al levantar el teléfono, se escuchara el inconfundible zumbido de la intervención. Mi madre se deprimía a menudo y había descubierto que el vodka le calentaba el alma; y el valium aliviaba maravillosamente la angustia del insomnio y la depresión por no poder volver a casa. Mi madre extrañaba los tamales, las carnitas y las comidas familiares, a mis tíos, abuelos, y a todos los amigos que había dejado atrás.

Ninotchka y ella no se llevaban muy bien. Nina era una hermosa rusa pelirroja de botas altas y faldas cortas. Aunque era evidente que había sido enviada por cortesía de la KGB para monitorear las actividades y conversaciones de mi padre, era encantadora y nos sedujo a todos con su alegría. Su lealtad hacia mi familia era tal que un día, en confidencia, le pidió a mi padre que evitará tocar cualquier tema delicado frente a ella, porque su obligación era reportarlo y no quería meterlo en problemas. Mi padre y mi madre, como todos los diplomáticos que vivían en la Rusia soviética, comprendían que había que usar las escuchas telefónicas a su favor. Mi padre las aprovechaba para resolver asuntos diplomáticos, mi madre, para los asuntos domésticos. Ella levantaba el auricular para llamarle a una amiga y comentarle que la plomería de la casa se estaba cayendo a pedazos debido a que el plomero no se había presentado. Un par de horas más tarde, invariablemente tocaban el timbre y allí estaría, como por milagro, parado en el umbral de la puerta, el tan informal plomero que había sido solicitado semanas atrás. Así funcionaban las cosas y nadie se quejaba.

Cuando cumplí seis años planeamos una gran fiesta en el pequeño departamento. Mi padre, al inscribirnos en una escuela soviética, no había contemplado el hecho de que nosotros no podríamos invitar a nuestros amigos rusos a casa. Esa era una de las muchas prohibiciones del sistema. Los soviéticos preferían que el contacto de la población con extranjeros fuese el menor posible ya que no querían que los niños soviéticos se "contaminaran" con ideas occidentales, ni que fueran testigos de la forma en la que vivíamos, evidentemente más opulenta que la suya.
Yo hice mi lista de invitados, como cualquier otra niña, pero la mayoría de ellos eran mis compañeros de clase. Mi padre la estudió y no tuvo corazón para negarme la fiesta. Él y Nina se sentaron a planear la estrategia.

Al día siguiente llegué a la escuela con las invitaciones bajo el brazo: "Te invitamos a la fiesta de Tatina. 233 Kutusovski Prospect. Favor de presentarte detrás del árbol que se encuentra a espaldas de la cabina del policía. Y, discretamente, espera instrucciones…" ¡Vaya invitación! Cualquiera hubiese pensado que era el mensaje en código de un eminente asunto de espionaje internacional.


Cuando llegó la fecha, había una larga cola de niños escondidos detrás de la cabina del incauto policía. Nina llegó aquel día con una blusa un poco más reveladora que de costumbre, sus botas largas y la más corta de sus faldas. Salieron ella y mi padre a cumplir con la misión. Nina, coqueta como era, se acercó al deseoso Policía, que desde el primer día, desde su solitaria cabina, la había observado entrar y salir de nuestro edificio, añorando la posibilidad de entablar diálogo con ella. El la vio acercarse, emocionado, crédulo, pensando que la suerte por fin había tocado a su puerta. Nina inició la distracción con una enorme y seductora sonrisa, mientras mi padre tomaba al primer niño en brazos, como saco de patatas y corriendo a través del largo estacionamiento, lo depositaba como mercancía robada a la entrada del edificio. Antes de que el niño hubiese emitido palabra o sonido alguno, mi madre lo empujaba al interior, señalándole la ruta hacía nuestro pequeño departamento. En la puerta mi hermano y yo esperábamos a las víctimas con un trozo de pastel en las manos y grandes sonrisas de bienvenida.

Una vez cumplida la misión dimos una gran fiesta con delicias importadas de Finlandia, una piñata hecha en casa, numerosos juegos y regalos de despedida. Nina acabaría siendo gran amiga del afortunado policía que nunca se dio por enterado de nuestra hazaña y mi padre habría logrado quedarse en mi memoria como el heroico organizador de la más azarosa fiesta de cumpleaños.

En Moscú hice muchos amigos. Pero la persona que recuerdo con más cariño es Natalie, la vecina Francesa con quien realmente podía convivir sin sentir que cometía algún delito. Ella era hija de un diplomático divorciado. Su madre se había quedado en París, por lo que siempre estaba sola. Nos conocimos un día en los pasillos del condominio por el que ambas vagábamos con frecuencia. Nos volvimos inseparables. Esquiábamos, patinábamos en la pista cercana a la casa, jugábamos a las muñecas, a los hombres de nieve y a tantas otras cosas a las que juega uno cuando tiene seis años. Yo pensaba que no nos separaríamos jamás. Todavía no alcanzaba a comprender que eso sería inevitable.

Pasaron dos largos años llenos de aventuras. Hasta que llegó el día, no recuerdo cual con exactitud, que mi padre volvió a casa sonriente, para anunciarnos con júbilo su adscripción a un puesto nuevo. Mi madre dio un salto enorme, haciendo rodar por el suelo los tomates que nos habían traído de regalo de Noruega; mi hermano sonrió silencioso, con su sensatez precoz y yo miré hacía la cocina y me pregunté si Zoya, nuestra cocinera y Nina vendrían con nosotros.

A los ocho años no entiendes que cuando vas a otro sitio, eso implica que el sitio en el que vives se quedará atrás, y que así como el sitio, quedarán atrás tu casa, tus amigos, tu nana, tus maestros, la nieve, el policía de la entrada, y la Babushka que, sentada durante horas interminables frente al edificio, te saludaba de la misma manera todos los días. A los ocho años te preguntas que te espera en ese lugar desconocido, te preguntas si las cosas serán iguales, si ahí habrá mayor cantidad de jugueterías, si habrá tiendas con mucha mercancía en vez de la Berioska con sus estantes vacíos; te preguntas si te gustará la escuela nueva, la casa nueva y si tendrás nuevos amigos. No entiendes en primera instancia que jamás volverás a ver a Nina o a Natalie … o que en unos cuantos años el país entero cambiará de tal forma que aunque regresaras algún día nunca volverá a ser el país de tus recuerdos.

Mi madre me ayudó a empacar los juguetes. Fui a la escuela a despedirme de los amigos, que suponían ingenuamente que estaríamos juntos el año siguiente. Paseamos mi hermano y yo con Nina por última vez por nuestro parque. Ella lloró. Yo la abracé y le prometí que volvería por ella algún día… que la arrebataría de ese mundo en el que el marido la golpeaba y cuyo sistema la guardaba presa. Pero ella, aunque me hizo creer que tenía esperanzas, sabía que eso no sucedería nunca y lloró un poco más.

Poco tiempo después dejamos el departamento en el que habíamos logrado acomodarnos y tomamos el avión hacía ese lugar en Europa que era la capital de Inglaterra; y yo entendí por fin que aunque le contestara en ruso a mi mamá y aunque fuera una Aktobriata, no era ni sería nunca una niña rusa como todas las de mi clase.

Finalmente entendí que mi vida sería, ineluctablemente, distinta a la de todos los demás.


Tartarito

Hoy me desperté temprano. Creo que era tan temprano que ni siquiera los de mi cuarto se habían levantado. Tendí mi cama, luego me volví a m...