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lunes, 4 de agosto de 2008

El Flasher de Old Brompton Road

Mi escuela primaria, Bousfield, se encontraba a escasas dos cuadras de mi departamento. Vivíamos en un condominio compuesto de varios edificios que formaban un rectángulo, al centro del cual había un enorme y florido jardín. Coulherne Court se llamaba el condominio.
Cuando supe que iba a asistir a una escuela tan cercana, me llené de ilusión, había soñado con poder ir sola a la escuela, sin que nadie me acompañara. Me hacía sentir mayor aunque solo tenía siete años.
Al principio mamá me acompañaba, o mi nano, Vladimiro, un joven, negro, alto y fornido que venía de República Dominicana y nos adoraba a mi hermano y a mi. El había sido militar en su país y desde que llegó a trabajar con nosotros, nos advirtió que bajo su custodia, entraríamos en un estricto régimen militar. Cumplió con su amenaza desde el primer día: a las seis de la mañana, cuando aún no se asomaba ni el sol, nos despertaba con un conteo del uno al diez. Su voz, con cada número, iba en crescendo, hasta que al llegar al número diez y ver que aún seguíamos escondidos bajo nuestros edredones, lo tomaba la punta y jalaba de él hasta dejarnos completamente descubiertos en el frío de la mañana Londinense. Las primeras veces nos quejamos y pedimos unos minutos más, pensando que podríamos convencer a nuestro nano de que nos permitiera un poco más de sueño, pero al darnos cuenta que Vladimiro lo tomaba muy en serio y que era completamente inmune a nuestras seducciones, acabamos obedeciéndolo y nunca más volvimos a llegar tarde al colegio. El resto de la rutina no era excenta del estricto orden: teníamos quince minutos contados para bañarnos, diez para vestirnos, otros quince para comernos todo el desayuno que mi madre tenía listo en nuestros platos, dos para tomar los abrigos y guardar los últimos útiles y libros de la escuela y un minuto exacto para estar listos frente al elevador dónde nos esperaba impaciente para llevarnos a la escuela. A pesar de todo esto, probablemente porque era encantador y sobre todo porque solo tenía dieciocho años y a veces era más niño que nosotros, lo queríamos mucho.

Después de un tiempo, y bajo mi insistencia Vladimiro me ayudó a convencer a mis padres de dejarme ir sola al colegio. Recuerdo que poco antes nos habían mostrado en clase un video preventivo, obligatorio en todas las escuelas primarias de Inglaterra, en el que nos enseñaban a no hablar con extraños, a cuidarnos en las calles, a prevenir. Había habido muchos robos de niños y los padres y maestros insistieron en que prestáramos atención al video. A mi se me quedaron grabadas las escenas en las que una niña iba caminando sola y sentía detrás de ella unos pasos. Ella volteaba y veía a un hombre y el narrador gritaba "CUIDADO, NO TE DETENGAS, NO LE HABLES, CORRE HACIA UN LUGAR CON MUCHA GENTE".

Una tarde, salimos de la escuela después de la clase de teatro y estaba empezando a oscurecer. Ha de haber sido durante el invierno porque a penas eran las cuatro y media de la tarde. Ibamos mi amiga Rachel y yo, ambas vivíamos en Colherne Court, ella en la primera cuadra, yo tres más adelante. Llegamos a la entrada de Rachel y nos despedimos. Yo comencé a caminar hacía mi departamento, un poco temerosa, ya que se estaba yendo rápidamente la luz del sol. Iba a mitad del camino cuando sentí que alguien me seguía, por mi mente pasaron las advertencias del video. Voltee ligeramente hacía atrás y vi a un hombre con un largo impermeable negro que venía detrás de mi. Aceleré rápidamente el paso. Mi corazón comenzó a latir desesperadamente y me imaginé toda serie de cosas que podrían sucederme, después de todo era Londres, una gran ciudad, llena de violadores, rateros, huligans y skinheads. Pasé junto a la tiendita de los dulces en la que todas las mañana compraba mi dotación, pero estaba cerrada así que no me pude refugiar ahí. Comencé a correr, solo faltaba media cuadra para llegar a mi entrada. En ese momento ya no voltee para ver si me seguía, solamente planeaba timbrar rápidamente y esperar a que me dejaran pasar. Me detuve finalmente, sin aliento y sudorosa, frente a los timbres de mi edificio y voltee hacia atrás una vez más, por si se encontraba cerca. Detrás de mi no había nadie. Me recargué sobre la puerta para abrirla y miré hacía la calle: el hombre se había cruzado la calle y estaba parado del otro lado, viéndome fijamente. No supe que pensar y sobre todo no tuve ni tiempo de reaccionar, cuando el hombre abrió de golpe su impermeable y, para mi enorme sorpresa, se mostró en toda su desnudez. Me tomó tan desprevenida, que me quedé viéndolo paralizada y la verdad, un poco divertida. El hombre al darse cuenta que en vez de asustarme, me había provocado una sonrisa, se cubrió rápidamente y huyó, hasta desaparecer, al final de la calle.
Fue la primera vez que vi a un hombre desnudo... pero no quedé muy impresionada, me pareció curioso que alguien hiciera tanto aspaviento solo para mostrarle sus partes privadas a una niña de siete años. En otra ocasión, lo vi de lejos, pero yo estaba con Rachel a quien ya le había contado la historia y lo señalé inmediatamente. El hombre en vez de volverme a mostrar su cuerpo huyó de la escena...

Finalmente no sabemos porque la gente hace las cosas que hace. No sabemos que tipo de placer obtiene una persona al mostrar su desnudez a un desconocido. ¿Qué pudo haber pasado por la cabeza de ese señor cuando abrió su impermeable y se exhibió?

1 comentario:

  1. Ale , yo creo que casi todas nosotras hemos pasado por esa experiencia alguna vez Y yo he de confesar que me morí de miedo, y tengo esa imágen grabada en mi memoria. Ahora claro, en la manera en que lo cuentas me parece gracioso, pero en aquél momento no lo fué tanto. Y bueno, sin mencionar que un nudista londinense debe ser mucho más sofisticado que un mexicano en el Mercado de la escandón, jajajajaja...

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