Me fui a Tepoztlan, terminé el guión, lo entregué... y... gané!
Soy muy feliz. Siento que gané una batalla contra mi misma, contra mis demonios, contra mis miedos y mis inseguridades. No es que ganar un concurso te convierta en escritor ni mucho menos pero si es un aliciente. Ya estoy empezando con la historia que sigue, con confianza y permitiendo que las ideas fluyan sin censura, sin limitarlas, sin detenerme con esas dudas que antes no me dejaban continuar.
Y con Anni Blu, estoy comenzando el maravilloso proceso en el que las palabras y las ideas pasan del papel a la pantalla y sé que me esperan un par de años de arduo pero muy satisfactorio trabajo, que espero, en un tiempo no muy lejano, podré compartir con ustedes pero en la gran pantalla...
Ahora volveré a mis anécdotas que abandoné por un tiempo. Hay varias que me han estado dando lata, exigiéndome que las escriba!
Por hoy solo quería compartir con ustedes mi gran emoción y decirles que esta escritora de closet... ya salió!
sábado 19 de septiembre de 2009
sábado 15 de agosto de 2009
Tepoztlan

Les debo una disculpa a aquellos que me leen, que han buscado una nueva entrada y que no la han encontrado desde hace tanto tiempo! Por una parte he estado envuelta en una vorágine laboral que me ha impedido ocuparme de mi misma, y por otra, estuve participando en el taller de guión que me gané y todo el poco tiempo que me sobraba se lo tenía que dedicar a mi guión. Ahora se ha acabado el taller, estoy en Tepoztlán y acabo de ponerle punto final a Anni Blu.
Me vine a refugiar a Tepoz, sola, para retomar energías. ¿Como se olvida uno de uno mismo ? Es bastante más fácil de lo que pudiera parecer. Se enfrasca uno en el día a día, en el trabajo, se estresa uno sin darse cuenta siquiera, se obsesiona uno con las tareas cotidianas, se preocupa de los asuntos financieros y de pronto, un día, se da uno cuenta que lleva varios meses sin comer bien, sin hacer ejercicio, sin hablar con los amigos, sin pasear con su perro adorado… todas esas cosas que uno debe de hacer para poder lograr lo otro.
Me vine a un hotel-spa precioso y apartado llamado "Posada del Valle". Me costó un poco bajarme del ritmo acelerado que traía, apagar mi celular, entregarle los pendientes a mi asistente y desconectarme. Ayer que me dieron mi primer masaje, la chica me confesó que no había podido hacer gran cosa, que mi espalda había rechazado sus manos, que estaba demasiado estresada… dormí mal. Di vuelta tras vuelta, buscando una posición en la que no me doliera el cuerpo… hoy por la mañana desperté adolorida y me pregunté si había cometido un error, si volvería a casa más lastimada que curada. Pero a las 10 de la mañana, me metí a un temazcal y supe que estaba en el lugar correcto! El temazcal me asustaba, había escuchado hablar de esta terapia ancestral y pense que me volvería loca en la oscuridad y claustrofóbica cabina de barro… sin embargo, gracias a que lo compartí con una amiga querida, me sentó muy bien, aguanté los 40 minutos del tratamiento y salí de ahí sintiéndome despejada y renovada.
Después del temazcal, vino un tratamiento de envoltura de barro y otro masaje. Mi cuerpo, esta vez, cooperó de maravilla!
Por la tarde, después de una siesta, pasee por el pueblo y al volver me puse finalmente a escribir. Creo que no hay muchas sensaciones que se pueden comparar con la euforia de haber terminado una obra. Lo he sentido ya dos veces, una vez cuando terminé mi guión Mytomanía, después de más de dos meses de despertarme cada mañana a las 5 y media y escribir varias horas, dormir, y volver a la página, comer y por la tarde corregir… y hoy, cuando terminé de plasmar todos los cambios, mayúsculos, que surgieron durante el taller, para entregar mi guión a unos posibles inversionistas la semana que viene.
Hace poco más de un año, me dije a mi misma: "O empiezas escribir ya o no lo harás nunca y será algo de lo que te arrepentirás el resto de tu vida!" Abrí mi blog, metí mi guión al concurso y retomé un camino que había abandonado por muchas razones, entre ellas miedos e inseguridades. Hoy me doy permiso, al darme este mini tratamiento de spa, de sentirme orgullosa de mi misma y sobre todo, me doy la oportunidad de creer en mí y aprecio que todos estos años de leer libros sobre guionismo, de tomar cursos, de estudiar las películas que veo, han sido fructíferos y han servido de mucho.
Voy a cenar una ensalada del Che y me voy a ir a cama satisfecha. Sabiendo que en efecto me falta mucho, mucho camino por recorrer, pero que, al fin, me encuentro un poquito más cerca de mis sueños.
Me vine a refugiar a Tepoz, sola, para retomar energías. ¿Como se olvida uno de uno mismo ? Es bastante más fácil de lo que pudiera parecer. Se enfrasca uno en el día a día, en el trabajo, se estresa uno sin darse cuenta siquiera, se obsesiona uno con las tareas cotidianas, se preocupa de los asuntos financieros y de pronto, un día, se da uno cuenta que lleva varios meses sin comer bien, sin hacer ejercicio, sin hablar con los amigos, sin pasear con su perro adorado… todas esas cosas que uno debe de hacer para poder lograr lo otro.
Me vine a un hotel-spa precioso y apartado llamado "Posada del Valle". Me costó un poco bajarme del ritmo acelerado que traía, apagar mi celular, entregarle los pendientes a mi asistente y desconectarme. Ayer que me dieron mi primer masaje, la chica me confesó que no había podido hacer gran cosa, que mi espalda había rechazado sus manos, que estaba demasiado estresada… dormí mal. Di vuelta tras vuelta, buscando una posición en la que no me doliera el cuerpo… hoy por la mañana desperté adolorida y me pregunté si había cometido un error, si volvería a casa más lastimada que curada. Pero a las 10 de la mañana, me metí a un temazcal y supe que estaba en el lugar correcto! El temazcal me asustaba, había escuchado hablar de esta terapia ancestral y pense que me volvería loca en la oscuridad y claustrofóbica cabina de barro… sin embargo, gracias a que lo compartí con una amiga querida, me sentó muy bien, aguanté los 40 minutos del tratamiento y salí de ahí sintiéndome despejada y renovada.
Después del temazcal, vino un tratamiento de envoltura de barro y otro masaje. Mi cuerpo, esta vez, cooperó de maravilla!
Por la tarde, después de una siesta, pasee por el pueblo y al volver me puse finalmente a escribir. Creo que no hay muchas sensaciones que se pueden comparar con la euforia de haber terminado una obra. Lo he sentido ya dos veces, una vez cuando terminé mi guión Mytomanía, después de más de dos meses de despertarme cada mañana a las 5 y media y escribir varias horas, dormir, y volver a la página, comer y por la tarde corregir… y hoy, cuando terminé de plasmar todos los cambios, mayúsculos, que surgieron durante el taller, para entregar mi guión a unos posibles inversionistas la semana que viene.
Hace poco más de un año, me dije a mi misma: "O empiezas escribir ya o no lo harás nunca y será algo de lo que te arrepentirás el resto de tu vida!" Abrí mi blog, metí mi guión al concurso y retomé un camino que había abandonado por muchas razones, entre ellas miedos e inseguridades. Hoy me doy permiso, al darme este mini tratamiento de spa, de sentirme orgullosa de mi misma y sobre todo, me doy la oportunidad de creer en mí y aprecio que todos estos años de leer libros sobre guionismo, de tomar cursos, de estudiar las películas que veo, han sido fructíferos y han servido de mucho.
Voy a cenar una ensalada del Che y me voy a ir a cama satisfecha. Sabiendo que en efecto me falta mucho, mucho camino por recorrer, pero que, al fin, me encuentro un poquito más cerca de mis sueños.
jueves 11 de junio de 2009
Personaje

A veces siento que soy un personaje de un cuento, pero soy también el escritor de ese cuento. Observo mi vida desde fuera y voy construyendo los posibles escenarios a los que se podría enfrentar mi personaje. Luego, como personaje, me pregunto que será lo que hace que mi vida sea tan confusa y como escritor, formulo un elaborado discurso para él.
En esos momentos, en los que soy personaje y escritor a la vez, las cosas se vuelven un poco complicadas. Aparte de la duplicidad evidente, me confunde estar dentro y fuera de las situaciones, observar y ser observado, experimentar y a la vez, ser espectador y juez de lo experimentado.
Algunas veces mi personaje se me rebela y no actúa como yo predije, como yo le ordené. Hace de las suyas, se vuelca hacía mi con el dedo índice en alto y me manda a freír espárragos... se va completamente por su lado y no hay forma de controlarlo ni de alcanzarlo en su carrera desenfrenada. Entonces tengo que enfrentármele y proponer una tregua, o entrar en debate, o pelearme con él descaradamente hasta que haya una resolución al conflicto. A veces salgo vencedora, otras él se sale con la suya. Cuando lo hace, yo me siento inútil y me pregunto si realmente puedo controlar a este invento mío, que tiene vida propia y que no me hace caso alguno.
El otro día mi personaje se encarreró y se tropezó con la vida y no pude ayudarle a que se levantara. Otro día, se puso a comer freneticamente porque algo en su interior le dijo que prefería ser un gordo feliz a un flaco obsesivo que nunca iba a estar realmente satisfecho con su peso y yo, no pude quitarle un solo bocadillo. Ayer, le dije que se levantara temprano para llevar a cabo una larga lista de tareas que yo le impuse, me prometió que lo haría, puso su reloj para las siete y media (la verdad es que me vi bastante sensata con la hora, yo hubiera querido que se levantara a las 6, porque al que madruga la vida le ayuda... pero bueno...). Hoy por la mañana sonó el despertador pero mi personaje sacó una mano de las cobijas y lo apagó, refunfuñando algunas ridículas explicaciones. "¡Que cojones los tuyos! ¡Que huevos!"- Le reclamé. "¿Acaso no habíamos quedado que te despertarías temprano? ¿Que tenías muchas cosas que hacer? ¿Que había que ir al gimnasio y luego a arreglar esos papeles que llevamos dejando a un lado no sé cuanto tiempo?" Ni siquiera me contestó. Se volteó hacía el otro lado, hacía el lado al que no da el sol, y se quedó en la cama dormido hasta las 10. Claro, esta tarde, cuando se le habían acumulado cuatrocientas cincuenta y nueve cosas y que no se daba abasto con el cúmulo de trabajo, me reclamaba: "¿¿Por qué no me despertaste??" y se sentía fatal, sentía que no tenía voluntad propia mientras que yo pensaba: "¿Tú? ¿¿No tener voluntad propia?? ¡Si no la tuvieras TODO sería más fácil!"
miércoles 13 de mayo de 2009
Crisis
No es que haya estado viviendo precisamente en el pasado, pero en este blog me he dedicado principalmente a relatar los recuerdos ya lejanos de mi adolescencia y mi infancia.Hoy, sin embargo, no puedo comentar más que el presente. Ese que estoy viviendo día a día con una angustia que me carcome y que solo el ejercicio logra mitigar por unas cuantas horas al día. En más de diez años de vida laborar no había pasado por un momento tan duro. En este año, he filmado dos días de comercial (contra un promedio de cuatro al mes que filmé el año pasado), presupuestado un par de películas y ya, nada más. Estoy en serios aprietos económicos. Me duele aceptarlo porque me hace sentir perdedora, me hace pensar que estoy fracasando y no hay nada que me haga sentir peor que eso. Pero también entiendo que es una situación generalizada así que trato de sobrellevar el día a día manteniendo el animo lo más alto que puedo dadas las circunstancias....
Es curioso como en este momento que era para mi uno de los más importantes de mi vida, justamente porque este año me propuse comenzar realmente a trabajar para mi, conseguir fondos para mis películas, buscar mi propio camino, dejar de ser empleada y empezar a generar proyectos en vez de solo participar en los de otros, la vida está realmente poniendo a prueba mis límites, mi dedicación, mi entrega, mi disciplina. Despierto cada día con angustia al ver que el teléfono no ha sonado, que no hay recado de que me comunique con las casas productoras que me contratan y que al contrario, hay pendientes que solo dependen de mi y de nadie más y que a veces no tengo la fuerza para llevar a cabo. No sé si fue el año correcto para dar este paso, lo único que sé es que me está cargando la chin…a.
Me mantiene a flote este blog, los avances que he hecho con mi escritura (el taller de cine), y los proyectos que prometen concretarse este año, pero ¿que hago con esta mente mía que no necesita gran provocación para hostigarme? ¿Qué hago con la sensación de fatalidad y fracaso que no puedo sacudir? ¿Qué hago con el presente y la sensación de que esto no va a mejorar?
Trato de hacer planes todos los días, como si estuviera trabajando, organizar mi día leyendo guiones que me han pasado, escribiendo, estudiando, haciendo cita tras cita con empresas que posiblemente me den dinero para mis proyectos... algunos días lo logro... otros me quedo paralizada en mi depresión, completamente abandonada a ella, dejándome llevar por el ocio y por la obnubilación mental, comiendo de más, viendo demasiada televisión, jugando juegos en la computadora... Trato, he tratado, de mantener una estricta disciplina de ejercicio y de dieta, para que eso me sostenga, porque creo que la disciplina es más necesaria en estos momentos que en los momentos de más actividad… pero confieso que no lo logro todos los días, y cada día que fracaso, me siento un poco peor que el día anterior!
Eso si, siempre hay lecciones, en todos los momentos dificiles de la vida hay algo que aprender: lo primero que me viene a la mente es ahorrar. Esto de vivir al día y de confiar en nuestra buena fortuna, me ha venido a morder el culito (bite in the ass, como dicen los gringos!). Cuando nos va bien, confiamos en que siempre será así... y pues no, la vida trae sorpresas como ésta y hay que estar preparado. ¡Lo sé, papá, me lo dijiste tantas veces! Quien iba a pensar que después del año pasado, en el que me compré mi depa, en el que no había mes que no rebasara mis expectativas monetarias, hoy estaría así!
Otra cosa que me esta perjudicando es la retirada que emprendí hace varios años del mundo social. Cuando dejé de reventar, hace ya más de cuarto años, me retiré del mundo. Dejé de circular en los eventos y reuniones de mis colegas, dejé las relaciones públicas y ahora eso también lo necesito. Por que uno necesita a la gente al fin de cuentas. No solo a sus amigos, que ahí están y estarán. Sino a la gente que conoces un día en un evento y que puede resultar el futuro inversionista de tu proyecto. Esto del cine, no se hace solo, no se hace desde la habitación en la que estás recluida escribiendo, ni desde la sala vacía de tu casa.
En fin, necesitaba ventilar un poco esta desesperación que me sofoca y compartirla con ustedes. Al fin de cuentas tengo un techo y comida, mucho más de lo que tienen algunos. No es queja, es solo expresión. No soy una víctima, soy solo yo, pagando los errores del pasado y plasmándolos en este espacio, para que de algo sirva mi experiencia.
jueves 7 de mayo de 2009
PROHIBIDO OLVIDAR
Hoy me dispuse a seguir con las historias del internado, pero se me atrevesó un recuerdo que voy a tener que relatarles... Me acordé del día que nos llegó una carta fatídica. Era un día normal en Malinalco, en la casa en la que pasábamos los fines de semana con mis papás, era cerca de día de muertos y yo estaba preparando un altarcito para mi abuelo que había fallecido meses antes. Mi madre y mi padre me llamaron a la sala. Yo acudí sin predisposiciones, sin saber que lo que mi iban a decir me afectaría como lo hizo. Estaban los dos sentados y se miraban de una manera especial que reconocí de inmediato: era la misma mirada que tuvieron cuando me avisaron que mi perro se había salido del jardín y que no lo encontraban o de la vez que llegué de la escuela y me dijeron que mi abuelito adorado había sufrido un ataque al corazón, era la mirada de unos padres que saben que lo que van a decir va a provocar en su hija un dolor inmenso, inconmensurable y que ellos no podrán hacer absolutamente nada al respecto.
Me pidieron que me sentara y comenzaron por enseñarme, de lejos, una carta que había llegado de Portugal. Mi piel se puso chinita porque aunque no estaba segura de lo que me iban a decir, presentía que tenía que ver con un amigo querido que conocí en Senegal. Diogo era mayor que yo, mucho mayor para esas edades, yo tenía trece y el como diez y ocho. El era el hijo del embajador de Portugal en Senegal y fue mi primer amigo. Mi primer amigo hombre, o en realidad, el primer hombre (aunque aún era un joven) que fue mi amigo. Diogo no era guapo, puede que hasta lo consideraran feo y era muy rebelde. Le gustaban las motos y aunque en esas épocas yo no sabía mucho al respecto, supongo ahora que pienso en ello, que bebía mucho y se drogaba, era muy reventado y temperamental. El vivía en Portugal con sus hermanas mayores, venía al Senegal en verano a pasar las vacaciones con sus padres porque ahí podían controlarlo un poco más. En las cenas diplomáticas, en los cócteles a los que estábamos obligados a asistir mi hermano y yo, Diogo y yo nos sentábamos juntos y platicábamos. El me tomaba en serio., me escuchaba. Le contaba las anécdotas de la escuela, mis inquietudes, le podía hacer preguntas acerca de los temas que yo quisiera y Diogo me las contestaba todas. Nos burlábamos de los adultos, hacíamos chistes que solo a nosotros dos nos daban risa, algunas veces me daba una probadita de su whisky que me parecía asqueroso y se reía de mi reacción. A veces, a escondidas, me subía en su moto y nos íbamos a dar vueltas por la "corniche", la cornisa que rodeaba la ciudad de Dakar.
Los adultos hablaban de Diogo con preocupación. Era un adolescente "problema". A veces alcanzaba a escucharlos hablar y siempre se lamentaban por sus padres, por todo lo que él les hacía, por lo que tenían que pasar y por lo que sufrían por su culpa.
Tal vez era en verdad un chico con problemas, egoísta, al que solo le importaba su propio bienestar y que causaba problemas a todos los que lo rodeaban, pero era mi amigo. Yo no tenía otros amigos hombres, como ya lo he mencionado, era muy tímida, pero con él, no sé porque, era más fácil desenvolverme. Teníamos algo en común, algo que solamente tenemos en común los hijos de diplomáticos: sabemos lo que es viajar, sabemos el significado del cambio, de tener que adaptarse a lugares y gente nueva, de dejar gente atrás. Teníamos en común una rebeldía ante la autoridad (aunque en mí, a penas se asomaba), ambos teníamos una visión del mundo un poco sombría y pesimista, ambos nos preguntábamos cuales eran nuestros límites y de que forma podríamos llegar a rebasarlos… Nunca hubo nada entre nosotros y eso era lo más lindo y especial. Era una relación platónica, inocente, amistosa… Me pregunto: si en veradad era un chico tan "malo", que todos juzgaban tanto, como podía haber sido tan respetuoso y cariñoso con una niña de trece años como yo… tal vez era simplemente un adolescente, incomprendido, como todos lo fuimos alguna vez, como lo sería yo, unos años más tarde.
La carta decía que Diogo había muerto (ha de haber tenido 24 o 25 años). Creo que en un accidente de moto, digo creo, porque desde el momento en el que me lo anunciaron no pude pensar en nada más que en los recuerdos que me invadían torrencialmente y que en las ganas de llorar que me asaltaban.
Creo que lo que más me dolía era saber que a ese amigo que quise tanto, hacía más de ocho años que no lo veía, que no sabía nada de él. ¿Como pude haber estado tan cerca de alguien y luego estar tan lejos que solo supe de él por la noticia de su muerte? Pensé en todos los amigos que he dejado atrás en tantos años de trashumancia. Mis amigas de Londres, Luciana de Senegal, mis "hermanitos" de Arabia Saudita... con ninguno mantengo contacto. Ahora, con el mail y el facebook, no hay forma de que uno se aleje demasiado de la gente que quiere, pero cuando yo era niña, nos escribíamos los primeros meses de separación y luego, poco a poco, las cartas llegaban más y más espaciadas, hasta que un día dejaban de llegar. Que triste saber de alguien por tan mala noticia. Que triste es dejar que la gente se aleje. Que triste es que se rompan esos lazos únicos que hacemos con la gente en distintos momentos de nuestras vidas y que significan tanto, que dejan una huella tan fuerte en nosotros.
Me fui a mi habitación y me puse a escribir. Le escribí este texto/cuento que comparto hoy con ustedes:
Salí de ahí sin fuerzas, decepcionada. No tenía nada que decir, nada que contar. No te encontraba y mi búsqueda era tan desesperada que miré al cielo. Me pregunté si quizás ahí te encontraría. Quise gritarte con todas mis fuerzas que te extraño.
Me fui a mi casa entristecida. Lloré la noche entera. Pero en la madrugada me despertó un recuerdo. A ese le siguió otro y luego otro más. Luego los recuerdos me rodaron por las mejillas y cabalgaron en mi cama. Se multiplicaron y llenaron todo el cuarto. Abrieron la puerta y fueron danzando por mi casa. Yo los acompañé. Danzamos toda la mañana y salimos a brincar por la calle, los recuerdos y yo. Eran seres extraños, viejos amigos y juegos de niño. Eran admiración y cariño, amores platónicos y travesuras. Eran playa y vacaciones y tiempo, sobre todo tiempo.
Bailamos y bailamos hasta tarde. Y tengo que admitir que no todo fue alegría. Algunas danzas me convertían en sonrisa y otras en lluvia. A la tercera noche los recuerdos me llevaron a mi cama y me besaron. Y yo ya no salí corriendo por la calle a buscarte.
Ahora, de vez en cuando, me visitan y danzamos juntos por la casa.
Ahora, salgo a la calle, a nuestro sitio secreto o a la cantina y sonrío. Porque ya no tengo que buscarte, porque cuando quiero bailo con los recuerdos y contigo.
Me pidieron que me sentara y comenzaron por enseñarme, de lejos, una carta que había llegado de Portugal. Mi piel se puso chinita porque aunque no estaba segura de lo que me iban a decir, presentía que tenía que ver con un amigo querido que conocí en Senegal. Diogo era mayor que yo, mucho mayor para esas edades, yo tenía trece y el como diez y ocho. El era el hijo del embajador de Portugal en Senegal y fue mi primer amigo. Mi primer amigo hombre, o en realidad, el primer hombre (aunque aún era un joven) que fue mi amigo. Diogo no era guapo, puede que hasta lo consideraran feo y era muy rebelde. Le gustaban las motos y aunque en esas épocas yo no sabía mucho al respecto, supongo ahora que pienso en ello, que bebía mucho y se drogaba, era muy reventado y temperamental. El vivía en Portugal con sus hermanas mayores, venía al Senegal en verano a pasar las vacaciones con sus padres porque ahí podían controlarlo un poco más. En las cenas diplomáticas, en los cócteles a los que estábamos obligados a asistir mi hermano y yo, Diogo y yo nos sentábamos juntos y platicábamos. El me tomaba en serio., me escuchaba. Le contaba las anécdotas de la escuela, mis inquietudes, le podía hacer preguntas acerca de los temas que yo quisiera y Diogo me las contestaba todas. Nos burlábamos de los adultos, hacíamos chistes que solo a nosotros dos nos daban risa, algunas veces me daba una probadita de su whisky que me parecía asqueroso y se reía de mi reacción. A veces, a escondidas, me subía en su moto y nos íbamos a dar vueltas por la "corniche", la cornisa que rodeaba la ciudad de Dakar.
Los adultos hablaban de Diogo con preocupación. Era un adolescente "problema". A veces alcanzaba a escucharlos hablar y siempre se lamentaban por sus padres, por todo lo que él les hacía, por lo que tenían que pasar y por lo que sufrían por su culpa.
Tal vez era en verdad un chico con problemas, egoísta, al que solo le importaba su propio bienestar y que causaba problemas a todos los que lo rodeaban, pero era mi amigo. Yo no tenía otros amigos hombres, como ya lo he mencionado, era muy tímida, pero con él, no sé porque, era más fácil desenvolverme. Teníamos algo en común, algo que solamente tenemos en común los hijos de diplomáticos: sabemos lo que es viajar, sabemos el significado del cambio, de tener que adaptarse a lugares y gente nueva, de dejar gente atrás. Teníamos en común una rebeldía ante la autoridad (aunque en mí, a penas se asomaba), ambos teníamos una visión del mundo un poco sombría y pesimista, ambos nos preguntábamos cuales eran nuestros límites y de que forma podríamos llegar a rebasarlos… Nunca hubo nada entre nosotros y eso era lo más lindo y especial. Era una relación platónica, inocente, amistosa… Me pregunto: si en veradad era un chico tan "malo", que todos juzgaban tanto, como podía haber sido tan respetuoso y cariñoso con una niña de trece años como yo… tal vez era simplemente un adolescente, incomprendido, como todos lo fuimos alguna vez, como lo sería yo, unos años más tarde.
La carta decía que Diogo había muerto (ha de haber tenido 24 o 25 años). Creo que en un accidente de moto, digo creo, porque desde el momento en el que me lo anunciaron no pude pensar en nada más que en los recuerdos que me invadían torrencialmente y que en las ganas de llorar que me asaltaban.
Creo que lo que más me dolía era saber que a ese amigo que quise tanto, hacía más de ocho años que no lo veía, que no sabía nada de él. ¿Como pude haber estado tan cerca de alguien y luego estar tan lejos que solo supe de él por la noticia de su muerte? Pensé en todos los amigos que he dejado atrás en tantos años de trashumancia. Mis amigas de Londres, Luciana de Senegal, mis "hermanitos" de Arabia Saudita... con ninguno mantengo contacto. Ahora, con el mail y el facebook, no hay forma de que uno se aleje demasiado de la gente que quiere, pero cuando yo era niña, nos escribíamos los primeros meses de separación y luego, poco a poco, las cartas llegaban más y más espaciadas, hasta que un día dejaban de llegar. Que triste saber de alguien por tan mala noticia. Que triste es dejar que la gente se aleje. Que triste es que se rompan esos lazos únicos que hacemos con la gente en distintos momentos de nuestras vidas y que significan tanto, que dejan una huella tan fuerte en nosotros.
Me fui a mi habitación y me puse a escribir. Le escribí este texto/cuento que comparto hoy con ustedes:
15/4/93.
¿En dónde estarás?
Un día me llegó una carta. Me dijo que tu habías muerto. Salí corriendo a buscarte por la calle. Salí corriendo y desesperada dispuesta a encontrarte en cualquier semáforo o bajo cualquier portal. Recorrí todo nuestro pueblo y no te hallé. Tu no estabas ni en la cantina en la que solíamos vagar, ni en la sala silenciosa del cine, ni escondido en nuestro lugar secreto. No estabas en ningún coche, ni con la policía, ni en un parque solitario. No te encontrabas detrás de las paredes, ni bajo los pisos, ni entre las escaleras. Entonces fui a buscarte a una iglesia, y ahí no estabas tampoco. Había flores que olían a descanso y velas enfurecidas, pero ni un rastro de ti.Salí de ahí sin fuerzas, decepcionada. No tenía nada que decir, nada que contar. No te encontraba y mi búsqueda era tan desesperada que miré al cielo. Me pregunté si quizás ahí te encontraría. Quise gritarte con todas mis fuerzas que te extraño.
Me fui a mi casa entristecida. Lloré la noche entera. Pero en la madrugada me despertó un recuerdo. A ese le siguió otro y luego otro más. Luego los recuerdos me rodaron por las mejillas y cabalgaron en mi cama. Se multiplicaron y llenaron todo el cuarto. Abrieron la puerta y fueron danzando por mi casa. Yo los acompañé. Danzamos toda la mañana y salimos a brincar por la calle, los recuerdos y yo. Eran seres extraños, viejos amigos y juegos de niño. Eran admiración y cariño, amores platónicos y travesuras. Eran playa y vacaciones y tiempo, sobre todo tiempo.
Bailamos y bailamos hasta tarde. Y tengo que admitir que no todo fue alegría. Algunas danzas me convertían en sonrisa y otras en lluvia. A la tercera noche los recuerdos me llevaron a mi cama y me besaron. Y yo ya no salí corriendo por la calle a buscarte.
Ahora, de vez en cuando, me visitan y danzamos juntos por la casa.
Ahora, salgo a la calle, a nuestro sitio secreto o a la cantina y sonrío. Porque ya no tengo que buscarte, porque cuando quiero bailo con los recuerdos y contigo.
Para Diogo, con mucho amor, por siempre.
Se acerca el día de las madres y será el primero sin ella. Hoy me invaden los recuerdos de todas las personas que ya no están, los que han muerto como Diogo y Stefano, los que simplemente se alejaron de mi vida y aquellos a los que la vida nos separó. Hoy sé que lo que nos queda son los recuerdos y que hay que atesorarlos como lo más preciado porque si los dejamos ir, nos quedamos sin nada. Hoy sé que está prohibido olvidar…
martes 5 de mayo de 2009
La Primera Impresión
Mis papás se fueron de la escuela a las 5 de la tarde. Intercambiamos promesas de escribirnos seguido, me hablarían todos los domingos y yo haría todo por sacar buenas calificaciones. Nos despedimos cariñosamente, mamá echó unas cuantas lágrimas y se fueron. A decir verdad , en ese momento, yo solo pensaba en comenzar mi aventura, no recuerdo ni cómo se fueron, si a pie o en coche.
Entré a mi cuarto y comencé a desempacar. No habían llegado mis compañeras todavía. Yo había escogido la cama de la esquina, una que estaba empotrada en la pared, y que de alguna manera me parecía más privada. Sentí una emoción nueva al sacar mis artículos de limpieza y colocarlos en las repisas designadas para ese uso, era anticipación mezclada con nerviosismo. Un revoloteo en el estomago me tomó por sorpresa. Me sentía ansiosa por conocer a mis nuevas compañeras y no pensaba en mis padres que se dirigían a Lausanne a tomar un vuelo que los llevaría a Arabia Saudita, lejos, muy lejos de mi. Me sentí muy adulta, muy independiente.
Vesna llegó primero y desde que la vi me cayó bien. Era Austriaca, de ojos azules muy grandes, tenía una cabellera negra lacia, gruesa y brillosa, que le llegaba arriba de los hombros. Era muy bonita, más o menos de mi estatura y hablaba en inglés. Ella iría a la sección americana del colegio que se dividía en dos, yo a la sección francesa. Los papás de Vesna estaban divorciados así que su padre fue quien la había acompañado, solo. Ella escogió la cama que estaba cerca del balcón, que era realmente la mejor, por la vista, pero a mi siempre me habían gustado los recovecos, los escondites, las covachas. No sé, creo que, siendo de naturaleza tímida, en ellos me sentía más segura, menos expuesta.
Vesna y yo nos saludamos cordialmente, y seguimos cada una preparando la habitación para nuestra larga estancia. No pensé que me sentiría así, pero me estaba asustando más con cada minuto que pasaba. Pensé que estar lejos de casa no me afectaría, pero me daba cuenta que tenía miedo de estar sola. Por un momento quise hablarle a mis padres, decirles que me había arrepentido, que por favor regresaran por mi y me llevaran a casa, pero sabía que no era una opción. Así que seguí sacando mi ropa con cuidado, doblando las blusas, colgando los pantalones y mirando de reojo a esa niña con la que tendría que cohabitar durante el siguiente año, pasara lo que pasara...
Vesna y yo permanecimos así, en silencio, guardando nuestras cosas, durante más de una hora, hasta que se abrió la puerta de golpe y entró Vito. Vito, Victoria, irrumpió en la habitación con la confianza y tosquedad que la caracterizaban. Ella tenía el cabello rubio y largo, era alta y fornida. No estaba gorda, en realidad era de huesos grandes, tosca, un poco masculina pero atractiva. Entró como una ráfaga y se presentó con una enorme sonrisa, que me pareció un poco forzada. "Yo me llamo Vito" dijo, en español, sacando la mano al frente, casi empujándola hacía mi. Era Madrileña y hablaba muy mal inglés. Había sido internada para estudiar el idioma. Yo me presenté también, pero mientras lo hacía, me percataba de que mi voz estaba saliendo mucho más queda de lo normal. "Tía" me dijo Vito con un tono que en ese momento me pareció intimidante y hasta violento, "habla más fuerte que no te escucho!" y se rió ligeramente. Sé que me sonrojé y por mi mente pasó algo terrible: todo esto me había agarrado desprevenida y no había logrado dar la impresión que yo quería. Yo había planeado estar tranquila, nada nerviosa, reaccionar de manera muy suelta y desfachatada, saludar con serenidad, con confianza en mi misma, con voz fuerte y segura, mostrando todas las características que yo consideraba necesarios para hacer amigos rápida y fácilmente, para entrar en los círculos más selectos, para ser aceptada y pertenecer al grupo al que yo quisiera pertenecer. Pero nada había salido de esa manera. Se había notado lo nerviosa que estaba, me había delatado la voz que se había quedado atrapada en mi garganta, reusándose a salir a pesar de mis intentos, se había notado en la forma en que me quedé muda ante la inadvertida reacción de mi futura compañera de cuarto, que yo estaba aterrada, insegura, vulnerable. Lo sabía, sería una vez más catalogada como alguien tímido, ratonesco, que se intimida fácilmente, sería excluida de los grupitos y viviría el año entero luchando contra mi misma, contra todas esas cosas que odiaba de mí, sabía que eventualmente la gente se burlaría de mi a mis espaldas, que no tendría amigas… luche contra las ganas de llorar que acompañaban a todos esos pensamientos de derrota y después de unos minutos de vacilación, en una voz casi inaudible, dije "Con permiso, voy al baño" y salí corriendo de la habitación.
Tenía dieciséis años y me encontraba adentro de uno de los baños de mi piso, en mi nuevo internado, llorando de la vergüenza y del miedo. ¿Que iba a ser de mi? Había soñado con ese momento tantas veces, desde hacía tanto tiempo y ahora lo había echado todo a perder. En vez de meterme en mi papel, como lo había logrado en Arabia Saudita, en vez de haberme preparado para el primer encuentro con mis compañeras y haber previsto que una de ellas pudiera haber tenido una carácter tan dominante como el de Vito, en vez de haber ensayado el encuentro frente al espejo para que no me tomaran por sorpresa, me había dejado sobrecoger por la situación y ahora no había vuelta atrás. Yo sabía que una vez que había dado la impresión de ser tímida, que había mostrado mis debilidades, no había forma de recuperarme. Ya me había sucedido antes, en Senegal, ¿porque habría de ser diferente esta vez? Me quedé un largo rato ahí, en el baño, lamentándome, hasta que alguien tocó a la puerta, reclamando que llevaba rato esperando su turno. Traté de recuperar la compostura. Me sequé las lágrimas y volví con cierta derrota a la habitación.
En silencio, las tres terminamos de acomodar nuestras cosas. Vito me veía de reojo, yo hacía lo mismo, pero ninguna de las dos volvimos a intercambiar palabras. Cuando tocaron la campana para la cena, bajamos cada una por su cuenta.
En el comedor, Vito se acercó a unas niñas, se abrazaron y se saludaron como viejas amigas. Se sentaron en una mesa con otras cinco chicas que también hablaban español. Yo me senté en otra, lejos de ellas y Vesna se sentó junto a mi, creo que ella estaba tan perdida como yo, aunque aparentaba cierta serenidad. Platicamos un poco, pero yo me había quedado con las ganas de redimirme, de cambiar la primera impresión con la que, según mis elucubraciones, se había quedado Victoria. No podía pensar en otra cosa.
Cuando terminó la cena, Mlle. Slobec tocó la campana otra vez y las niñas salieron corriendo, unas a sus recámaras, otras a la sala de la televisión. Yo vi a Vito y a sus amigas españolas salir por la puerta trasera de la casa. Las seguí, manteniendo mi distancia. Entré detrás de ellas a un pequeño cuartito en el patio, era un chaletcito de una sola habitación que alguna vez debió ser un garage y que habían convertido en el "fumoir". El fumadero. Ahí todas sacaron sus cigarros y comenzaron a intercambiar historias sobre Madrid, sobre sus novios, amigos y los conocidos que tenían en común. Yo me acomodé discretamente en una de las esquinas, observándolas.Le pedí tímidamente a una de ellas un cigarro. Ella me volteó a ver de reojo, dándome una rápida revisión de arriba a bajo, me pasó uno y me lo prendió, bastante amablemente. Yo no sabía fumar, no lo había hecho nunca. Traté de disimular mi tos, pero no lo logré. Después de varias escandalosas tosidas, Vito volteó a mirarme con sorpresa, una pequeña sonrisa se asomaba por la comisura de sus labios. Antes de que pudiera decirme cualquier cosa, comenté el punto: "Están fuertes estos Camels, yo normalmente fumo Malboro light…" y tosí un poquito más, tratando de recuperar mi respiración. Vito no le dio mucha importancia al asunto, me presentó con sus amigas: "Ella es Tatina, es mi roomie". Las chicas voltearon, algunas saludaron, otras me ignoraron y siguieron conversando. Yo les sonreí y saludé de la manera más despreocupada que pude. Me esperé un momento a que todas volvieran a sus asuntos y salí del fumoir, tirando inmediatamente la desagradable colilla al piso y envolviéndome en mi abrigo. El clima empezaba a refrescar. Miré al rededor: los arboles se levantaban diez, quince metros hacía el cielo, como enormes y frondosas esculturas, las estrellas decoraban la noche limpia con su resplandor, la luna parecía ella sola iluminar el pequeño puente que nos separaba de la calle principal del pueblo y yo, en medio de este espectáculo, no podía pensar en nada más que en volver a casa.
...continuará...
Entré a mi cuarto y comencé a desempacar. No habían llegado mis compañeras todavía. Yo había escogido la cama de la esquina, una que estaba empotrada en la pared, y que de alguna manera me parecía más privada. Sentí una emoción nueva al sacar mis artículos de limpieza y colocarlos en las repisas designadas para ese uso, era anticipación mezclada con nerviosismo. Un revoloteo en el estomago me tomó por sorpresa. Me sentía ansiosa por conocer a mis nuevas compañeras y no pensaba en mis padres que se dirigían a Lausanne a tomar un vuelo que los llevaría a Arabia Saudita, lejos, muy lejos de mi. Me sentí muy adulta, muy independiente.
Vesna llegó primero y desde que la vi me cayó bien. Era Austriaca, de ojos azules muy grandes, tenía una cabellera negra lacia, gruesa y brillosa, que le llegaba arriba de los hombros. Era muy bonita, más o menos de mi estatura y hablaba en inglés. Ella iría a la sección americana del colegio que se dividía en dos, yo a la sección francesa. Los papás de Vesna estaban divorciados así que su padre fue quien la había acompañado, solo. Ella escogió la cama que estaba cerca del balcón, que era realmente la mejor, por la vista, pero a mi siempre me habían gustado los recovecos, los escondites, las covachas. No sé, creo que, siendo de naturaleza tímida, en ellos me sentía más segura, menos expuesta.
Vesna y yo nos saludamos cordialmente, y seguimos cada una preparando la habitación para nuestra larga estancia. No pensé que me sentiría así, pero me estaba asustando más con cada minuto que pasaba. Pensé que estar lejos de casa no me afectaría, pero me daba cuenta que tenía miedo de estar sola. Por un momento quise hablarle a mis padres, decirles que me había arrepentido, que por favor regresaran por mi y me llevaran a casa, pero sabía que no era una opción. Así que seguí sacando mi ropa con cuidado, doblando las blusas, colgando los pantalones y mirando de reojo a esa niña con la que tendría que cohabitar durante el siguiente año, pasara lo que pasara...
Vesna y yo permanecimos así, en silencio, guardando nuestras cosas, durante más de una hora, hasta que se abrió la puerta de golpe y entró Vito. Vito, Victoria, irrumpió en la habitación con la confianza y tosquedad que la caracterizaban. Ella tenía el cabello rubio y largo, era alta y fornida. No estaba gorda, en realidad era de huesos grandes, tosca, un poco masculina pero atractiva. Entró como una ráfaga y se presentó con una enorme sonrisa, que me pareció un poco forzada. "Yo me llamo Vito" dijo, en español, sacando la mano al frente, casi empujándola hacía mi. Era Madrileña y hablaba muy mal inglés. Había sido internada para estudiar el idioma. Yo me presenté también, pero mientras lo hacía, me percataba de que mi voz estaba saliendo mucho más queda de lo normal. "Tía" me dijo Vito con un tono que en ese momento me pareció intimidante y hasta violento, "habla más fuerte que no te escucho!" y se rió ligeramente. Sé que me sonrojé y por mi mente pasó algo terrible: todo esto me había agarrado desprevenida y no había logrado dar la impresión que yo quería. Yo había planeado estar tranquila, nada nerviosa, reaccionar de manera muy suelta y desfachatada, saludar con serenidad, con confianza en mi misma, con voz fuerte y segura, mostrando todas las características que yo consideraba necesarios para hacer amigos rápida y fácilmente, para entrar en los círculos más selectos, para ser aceptada y pertenecer al grupo al que yo quisiera pertenecer. Pero nada había salido de esa manera. Se había notado lo nerviosa que estaba, me había delatado la voz que se había quedado atrapada en mi garganta, reusándose a salir a pesar de mis intentos, se había notado en la forma en que me quedé muda ante la inadvertida reacción de mi futura compañera de cuarto, que yo estaba aterrada, insegura, vulnerable. Lo sabía, sería una vez más catalogada como alguien tímido, ratonesco, que se intimida fácilmente, sería excluida de los grupitos y viviría el año entero luchando contra mi misma, contra todas esas cosas que odiaba de mí, sabía que eventualmente la gente se burlaría de mi a mis espaldas, que no tendría amigas… luche contra las ganas de llorar que acompañaban a todos esos pensamientos de derrota y después de unos minutos de vacilación, en una voz casi inaudible, dije "Con permiso, voy al baño" y salí corriendo de la habitación.
Tenía dieciséis años y me encontraba adentro de uno de los baños de mi piso, en mi nuevo internado, llorando de la vergüenza y del miedo. ¿Que iba a ser de mi? Había soñado con ese momento tantas veces, desde hacía tanto tiempo y ahora lo había echado todo a perder. En vez de meterme en mi papel, como lo había logrado en Arabia Saudita, en vez de haberme preparado para el primer encuentro con mis compañeras y haber previsto que una de ellas pudiera haber tenido una carácter tan dominante como el de Vito, en vez de haber ensayado el encuentro frente al espejo para que no me tomaran por sorpresa, me había dejado sobrecoger por la situación y ahora no había vuelta atrás. Yo sabía que una vez que había dado la impresión de ser tímida, que había mostrado mis debilidades, no había forma de recuperarme. Ya me había sucedido antes, en Senegal, ¿porque habría de ser diferente esta vez? Me quedé un largo rato ahí, en el baño, lamentándome, hasta que alguien tocó a la puerta, reclamando que llevaba rato esperando su turno. Traté de recuperar la compostura. Me sequé las lágrimas y volví con cierta derrota a la habitación.
En silencio, las tres terminamos de acomodar nuestras cosas. Vito me veía de reojo, yo hacía lo mismo, pero ninguna de las dos volvimos a intercambiar palabras. Cuando tocaron la campana para la cena, bajamos cada una por su cuenta.
En el comedor, Vito se acercó a unas niñas, se abrazaron y se saludaron como viejas amigas. Se sentaron en una mesa con otras cinco chicas que también hablaban español. Yo me senté en otra, lejos de ellas y Vesna se sentó junto a mi, creo que ella estaba tan perdida como yo, aunque aparentaba cierta serenidad. Platicamos un poco, pero yo me había quedado con las ganas de redimirme, de cambiar la primera impresión con la que, según mis elucubraciones, se había quedado Victoria. No podía pensar en otra cosa.
Cuando terminó la cena, Mlle. Slobec tocó la campana otra vez y las niñas salieron corriendo, unas a sus recámaras, otras a la sala de la televisión. Yo vi a Vito y a sus amigas españolas salir por la puerta trasera de la casa. Las seguí, manteniendo mi distancia. Entré detrás de ellas a un pequeño cuartito en el patio, era un chaletcito de una sola habitación que alguna vez debió ser un garage y que habían convertido en el "fumoir". El fumadero. Ahí todas sacaron sus cigarros y comenzaron a intercambiar historias sobre Madrid, sobre sus novios, amigos y los conocidos que tenían en común. Yo me acomodé discretamente en una de las esquinas, observándolas.Le pedí tímidamente a una de ellas un cigarro. Ella me volteó a ver de reojo, dándome una rápida revisión de arriba a bajo, me pasó uno y me lo prendió, bastante amablemente. Yo no sabía fumar, no lo había hecho nunca. Traté de disimular mi tos, pero no lo logré. Después de varias escandalosas tosidas, Vito volteó a mirarme con sorpresa, una pequeña sonrisa se asomaba por la comisura de sus labios. Antes de que pudiera decirme cualquier cosa, comenté el punto: "Están fuertes estos Camels, yo normalmente fumo Malboro light…" y tosí un poquito más, tratando de recuperar mi respiración. Vito no le dio mucha importancia al asunto, me presentó con sus amigas: "Ella es Tatina, es mi roomie". Las chicas voltearon, algunas saludaron, otras me ignoraron y siguieron conversando. Yo les sonreí y saludé de la manera más despreocupada que pude. Me esperé un momento a que todas volvieran a sus asuntos y salí del fumoir, tirando inmediatamente la desagradable colilla al piso y envolviéndome en mi abrigo. El clima empezaba a refrescar. Miré al rededor: los arboles se levantaban diez, quince metros hacía el cielo, como enormes y frondosas esculturas, las estrellas decoraban la noche limpia con su resplandor, la luna parecía ella sola iluminar el pequeño puente que nos separaba de la calle principal del pueblo y yo, en medio de este espectáculo, no podía pensar en nada más que en volver a casa.
...continuará...
viernes 24 de abril de 2009
Al fin el Internado
Poco a poco va uno aprendiendo que no todo es como en las películas. Es una realización triste y franca pero que sirve para poner un poco los pies sobre la tierra. Pero... en el caso de los internados, yo descubrí que algunas cosas sí son como en las películas.
Antes de tomar el vuelo a Suiza, en dónde mis papás me depositarían en el internado llamado "Beau Soleil" (Sol Bonito), nos enviaron una carta con todos los requisitos que había que juntar para el inicio del año escolar. Básicamente nos indicaban cuantos chones, cuantos pantalones, cuantas faldas, de que color, de que tamaño (las faldas no podían subir arriba de las rodillas, aunque si les enseñara las fotos de las niñas, no había una que usara la falda a la altura "permitida"...), que cosas estaban permitidas (una corta lista), que estaba prohibido (varias paginas) y demás indicaciones para las futuras alumnas de Sol Bonito. ¡Yo estaba extasiada! ¡Por fin se cumpliría mi sueño de vivir en un internado! Me imaginaba la complicidad con las compañeras, lo estrictos que serían los maestros, las travesuras que les haríamos y las cosas por las que estaríamos en peligro de expulsión mis futuras amigas y yo.
Viajamos mi papá, mi mamá y una tía a la que llamábamos Mme. Chaussette (Sra. Calcetín) porque siempre estaba "puesta" para emprender con nosotros cualquier viaje o aventura. Yo estaba muy nerviosa. No de dejar a mis padres, ya que la verdad era una niña muy independiente, pero de dar una buena primera impresión.
Muy niña, con tanto viaje, aprendí que el primer día de clases es el momento más importante del año y que puede marcar tu vida para siempre. En Senegal, fui una niña muy tímida debido a que desde el primer día dí esa impresión. Bueno, no la dí, ERA una niña muy tímida y además, ¡no hablaba ni una gota de francés! Me refugié en los bancos traseros de la clase para que nadie me invitara a hablar frente a la clase, aterrada de que todos se dieran cuenta que no hablaba el idioma y se rieran de mi. Fui condenada a mi propio aislamiento. Hice amigos poco a poco, pero siempre me sentí incómoda, porque según yo, había sido catalogada y no podía sacudirme la etiqueta. Cuando me juntaba con mis amigos, que eran casi todos mayores que yo, no hablaba. Solo estaba ahí, formando parte del mobiliario, escuchándolo todo, solo para volver por las noches a mi diario y plasmar en papel todos mis pensamientos, mis reflexiones, los comentarios que no había podido compartir con nadie.
Cuando llegué a Arabia Saudita, decidí que las cosas serían diferentes. Tuve una oportunidad que no muchos tienen, podía reinventarme. Nadie me conocía de antes, así que el primer día, en la escuela, actué de manera diferente. Actué. En verdad, me salí de mi ensimismamiento, y actué como una chica extrovertida. No fue fácil, y no sé como lo logré exactamente, pero rápidamente me hice amiga de los chicos más populares de la clase y pude compartir mis opiniones, expresar mis sentimientos, hacer chistes, ser realmente parte del grupo, no un fantasma como había sido en años anteriores…
Ahora, a unos días de aterrizar en Suiza, me prometía a mi misma no volver a cometer ningún error el primer día de clases, y dejar asentado desde ese día, que yo no era tímida y que podía pertenecer al grupo al que yo quisiera y ser completamente desinhibida.
Llegamos al colegio que se enontraba en un pueblito en la montaña llamado Villars-sur-Ollon. La casa en la que viviría era un chaletcito, ubicado justo abajo de un puente, con una vista sobre las montañas que quitaba el aliento. Se llamaba "La Maison de la Harpe" y a su cargo estaba la temida Mlle. Slobec.
Por el prefijo Mlle (Señorita) se pueden imaginar que era una mujer soltera que había dedicado su vida entera a la educación de las señoritas de esta escuela y evidentemente a regañarlas, hostigarlas con sus tareas y obligaciones, acusarlas sin piedad a sus alejados padres y madres, enseñarles "buenos" modales en los momentos menos indicados y sobre todo a convertir cada minuto de sus existencias en una abrumadora pesadilla de deberes, ordenes y castigos. Igual que en las películas.
Pero, a pesar de la Mlle, de que mis padres se irían muy lejos en unos días dejandome sola, de estar sin amigas en un país desconocido, con una bruja como guardiana, ¡yo era feliz!
Mis papás y yo fuimos de compras: pantalones de lana, chamarras, esquíes, botas, gorras, bufandas, guantes, shampoo... al fin estaba equipada con la larga lista y preparada para conocer a mis futuras compañeras de cuarto.
Entramos a la casa. Mlle Slobec saludó amablemente a mis padres con una sonrisa que hasta ellos reconocieron como hipócrita. ¡ Me están entregando con la bruja de Hansel y Gretel !, pensé. (Les juro que hasta tenía en la cara una de esas verrugas a las que no les puedes quitar la vista de encima...) En fin, subimos cuatro pisos de rústicas y chasqueantes escaleras. Las habitaciones estaban divididas según el año que se cursaba. Las más chicas, compartiríamos habitaciones de tres camas, a las mayores les tocaban cuartos solas. A mi me tocó escoger mi cama porque las demás no habían llegado. Era bastante acogedor para un dormitorio de internado. Sobre todo porque todo era maderozo y antiguo. Mi habitación tenía un balcón desde el cual se veían las copas de los árboles… y una pequeña ventana con postigos de madera. Observé el lugar y me gustó. Teníamos un lavabo en el cuarto y unas repisas para nuestros artículos de higiene personal. Miré al rededor y pensé: ¿Quien me tocará de compañera de cuarto? - y en ese momento sentí que pasó por mi cuerpo el primer escalofrío. Sentí un pánico repentino que me dejó paralizada. No había pasado por mi mente que tal vez, como en las películas, me tocarían dos niñas insoportables, que me molestarían y se burlarían de mi, hasta que tuviera que implorarle, llorando, a la Srita Slobec que me cambiara de cuarto… Tal vez me tocarían dos niñas aburridisimas o las más odiadas de la escuela y tendría la obligación de hacerme su amiga por aquello de que compartíamos cuarto y entonces, a mi también, me odiarían todos. Pasaron por mi cabeza todos los panoramas del mundo y fue entonces que me di cuenta que esta aventura a penas iniciaba y que tal vez no sería para nada cercana a lo que yo había imaginado…
…Continuará…
Antes de tomar el vuelo a Suiza, en dónde mis papás me depositarían en el internado llamado "Beau Soleil" (Sol Bonito), nos enviaron una carta con todos los requisitos que había que juntar para el inicio del año escolar. Básicamente nos indicaban cuantos chones, cuantos pantalones, cuantas faldas, de que color, de que tamaño (las faldas no podían subir arriba de las rodillas, aunque si les enseñara las fotos de las niñas, no había una que usara la falda a la altura "permitida"...), que cosas estaban permitidas (una corta lista), que estaba prohibido (varias paginas) y demás indicaciones para las futuras alumnas de Sol Bonito. ¡Yo estaba extasiada! ¡Por fin se cumpliría mi sueño de vivir en un internado! Me imaginaba la complicidad con las compañeras, lo estrictos que serían los maestros, las travesuras que les haríamos y las cosas por las que estaríamos en peligro de expulsión mis futuras amigas y yo.
Viajamos mi papá, mi mamá y una tía a la que llamábamos Mme. Chaussette (Sra. Calcetín) porque siempre estaba "puesta" para emprender con nosotros cualquier viaje o aventura. Yo estaba muy nerviosa. No de dejar a mis padres, ya que la verdad era una niña muy independiente, pero de dar una buena primera impresión.
Muy niña, con tanto viaje, aprendí que el primer día de clases es el momento más importante del año y que puede marcar tu vida para siempre. En Senegal, fui una niña muy tímida debido a que desde el primer día dí esa impresión. Bueno, no la dí, ERA una niña muy tímida y además, ¡no hablaba ni una gota de francés! Me refugié en los bancos traseros de la clase para que nadie me invitara a hablar frente a la clase, aterrada de que todos se dieran cuenta que no hablaba el idioma y se rieran de mi. Fui condenada a mi propio aislamiento. Hice amigos poco a poco, pero siempre me sentí incómoda, porque según yo, había sido catalogada y no podía sacudirme la etiqueta. Cuando me juntaba con mis amigos, que eran casi todos mayores que yo, no hablaba. Solo estaba ahí, formando parte del mobiliario, escuchándolo todo, solo para volver por las noches a mi diario y plasmar en papel todos mis pensamientos, mis reflexiones, los comentarios que no había podido compartir con nadie.
Cuando llegué a Arabia Saudita, decidí que las cosas serían diferentes. Tuve una oportunidad que no muchos tienen, podía reinventarme. Nadie me conocía de antes, así que el primer día, en la escuela, actué de manera diferente. Actué. En verdad, me salí de mi ensimismamiento, y actué como una chica extrovertida. No fue fácil, y no sé como lo logré exactamente, pero rápidamente me hice amiga de los chicos más populares de la clase y pude compartir mis opiniones, expresar mis sentimientos, hacer chistes, ser realmente parte del grupo, no un fantasma como había sido en años anteriores…
Ahora, a unos días de aterrizar en Suiza, me prometía a mi misma no volver a cometer ningún error el primer día de clases, y dejar asentado desde ese día, que yo no era tímida y que podía pertenecer al grupo al que yo quisiera y ser completamente desinhibida.
Llegamos al colegio que se enontraba en un pueblito en la montaña llamado Villars-sur-Ollon. La casa en la que viviría era un chaletcito, ubicado justo abajo de un puente, con una vista sobre las montañas que quitaba el aliento. Se llamaba "La Maison de la Harpe" y a su cargo estaba la temida Mlle. Slobec.
Por el prefijo Mlle (Señorita) se pueden imaginar que era una mujer soltera que había dedicado su vida entera a la educación de las señoritas de esta escuela y evidentemente a regañarlas, hostigarlas con sus tareas y obligaciones, acusarlas sin piedad a sus alejados padres y madres, enseñarles "buenos" modales en los momentos menos indicados y sobre todo a convertir cada minuto de sus existencias en una abrumadora pesadilla de deberes, ordenes y castigos. Igual que en las películas.Pero, a pesar de la Mlle, de que mis padres se irían muy lejos en unos días dejandome sola, de estar sin amigas en un país desconocido, con una bruja como guardiana, ¡yo era feliz!
Mis papás y yo fuimos de compras: pantalones de lana, chamarras, esquíes, botas, gorras, bufandas, guantes, shampoo... al fin estaba equipada con la larga lista y preparada para conocer a mis futuras compañeras de cuarto.
Entramos a la casa. Mlle Slobec saludó amablemente a mis padres con una sonrisa que hasta ellos reconocieron como hipócrita. ¡ Me están entregando con la bruja de Hansel y Gretel !, pensé. (Les juro que hasta tenía en la cara una de esas verrugas a las que no les puedes quitar la vista de encima...) En fin, subimos cuatro pisos de rústicas y chasqueantes escaleras. Las habitaciones estaban divididas según el año que se cursaba. Las más chicas, compartiríamos habitaciones de tres camas, a las mayores les tocaban cuartos solas. A mi me tocó escoger mi cama porque las demás no habían llegado. Era bastante acogedor para un dormitorio de internado. Sobre todo porque todo era maderozo y antiguo. Mi habitación tenía un balcón desde el cual se veían las copas de los árboles… y una pequeña ventana con postigos de madera. Observé el lugar y me gustó. Teníamos un lavabo en el cuarto y unas repisas para nuestros artículos de higiene personal. Miré al rededor y pensé: ¿Quien me tocará de compañera de cuarto? - y en ese momento sentí que pasó por mi cuerpo el primer escalofrío. Sentí un pánico repentino que me dejó paralizada. No había pasado por mi mente que tal vez, como en las películas, me tocarían dos niñas insoportables, que me molestarían y se burlarían de mi, hasta que tuviera que implorarle, llorando, a la Srita Slobec que me cambiara de cuarto… Tal vez me tocarían dos niñas aburridisimas o las más odiadas de la escuela y tendría la obligación de hacerme su amiga por aquello de que compartíamos cuarto y entonces, a mi también, me odiarían todos. Pasaron por mi cabeza todos los panoramas del mundo y fue entonces que me di cuenta que esta aventura a penas iniciaba y que tal vez no sería para nada cercana a lo que yo había imaginado…
…Continuará…
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