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miércoles, 17 de septiembre de 2014

De la culpa y otros dolores del alma.

Cuatro años me tardé en embarazarme. Cuatro años soñé con tener a mi hijo que ahora está por cumplir tres años. Una de mis mejores amigas me dijo: “te va a costar mucho trabajo, querida, porque estás acostumbrada a hacer lo que quieras con tu vida y desde hace mucho tiempo…” (fui madre a los 41 años, son por lo menos 22 de ser completamente independiente)… yo le contesté que para nada, que esto era lo que yo más deseaba en la vida y que no había razón para dudar que sería él lo más importante en mi vida.

Amo a mi hijo. Esto lo tengo que declarar, antes de que me dé un pinchazo en el corazón y relea lo que escribí y sienta: “Dios mío, ¿podrá alguien interpretar que me arrepiento de haberlo tenido y que no lo amo?”. Lo aclaro de una vez: ¡lo amo con toda mi alma!

Pero mi amiga tenía razón. Y lo más difícil no ha sido aprender a ser madre, lo más difícil ha sido, ser todo lo demás que soy.

¿Por qué? Por el debate constante entre la idea de la madre “perfecta” y lo que realmente soy.

Soy productora de cine, he dedicado el noventa por ciento de mi vida a mi trabajo, dejando a un lado noviazgos, tiempo con la familia, vacaciones, mi propia salud a veces, con tal de lograr lo que quiero y de hacer lo que me apasiona. Por mucho tiempo no hubo lugar en mi vida ni para una pareja. Hace unos años mi carrera me fue dando más independencia, cree mi propia compañía, mis tiempos comenzaron a ser más míos y finalmente me di tiempo para mi. Conocí al hombre que es ahora mi esposo y busqué formar una familia. Y en cuánto me embaracé, bajo la poderosa influencia de la oxitocina y de la relaxina, hormonas que nos ponen en un estado de relax bastante adictivo, pensé que todo esto que yo era dejaría de ser importante frente a tan magno acontecimiento.

Cuando nació Diego, en efecto, durante los primeros meses nada tenía importancia más que él. Pero, mientras yo me regocijaba dentro de mi burbuja maternal con mi hermosa creatura pegada a mis pezones,  los correos se acumulaban, los proyectos se retrasaban, mi compañía sufría mi ausencia y la realidad de “allá afuera” seguía su curso.

Cuando volví, a medias, a mi realidad fue que empezó el desgarrador sentimiento de culpa a dividir mi ser… Cuando estaba con Diego, sentía que debía estar trabajando, cuando estaba trabajando, mi cuerpo y mi corazón querían estar con mi hijo. Cuando estaba en casa y tenía ganas de dormir, (o de bañarme o de leer o de hacer ¡cualquier otra cosa!), y mi hijo estaba despierto, me subía a mi recámara a descansar y mi mente me torturaba, a pesar de que había alguien con quien dejarlo : “¿por qué no estás con él, ahora que tienes tiempo? De por si le estás dando menos tiempo porque trabajas, ¿no deberías de estar con él? ¿Acaso no era lo que querías? ¿tener un hijo? ¿Y lo dejas en manos de otra? ¿Qué te pasa? ¿Que clase de madre eres…? ” la tortura era tal que bajaba a “estar con él”, ojerosa, cansada y afligida… 

Pasó el primer año y a decir verdad, si mejoraron las cosas (¡no sin la ayuda de mi maravilloso psiquiatra!). Él crecía, se volvía más independiente y yo poco a poco empecé a encontrar tiempo para mi y comencé a entender que para ser madre no se necesita sacrificarse a si misma. Sin embargo, algunos días, aún hoy, después de casi tres años, me llega la aflicción. Después de varios días de largas horas de trabajo, días en los que con mucho esfuerzo llego a tiempo a casa para dormirlo, llega el sábado y quiero hacer mil cosas mías y una de ellas es dormir! Estoy cansada, agotada de mi semana… pero pasadas las ocho de la mañana, esa voz que me tortura penetra mi sueño y empieza a molestar. Y las fantasías de hacer algunas cosas para mí, ir a un masaje, ver a alguna amiga, leer ese libro que he dejado a medias, dormir hasta las doce del día, se esfuman… Escucho a mi hijo riéndose con su papá, disfrutando su compañía, ¡divirtiéndose! y aún así, sabiendo que está en perfectas manos y que está forjando una maravillosa relación con su padre, la voz me dice que yo debería de estar con él. Que me necesita. Que no me ha visto casi nada en toda la semana. Que me levante de la cama y vaya a desayunar con él.

¡Vaya narcisismo! Pensar que el mundo gira a mi alrededor. Pensar que mi hijo no puede estar bien sin mi. ¿Acaso no es precisamente eso es lo que hace uno al criar? ¿Volver a su hijo lo suficientemente independiente para poder vivir sin uno? ¿Acaso no estoy, justamente, haciendo un gran trabajo como madre si él está bien sin mi?

Entonces, ¿qué tengo que hacer para aplacar esa culpa? Porque el remedio de estar más tiempo con él no es realista. Porque tengo una empresa que dirigir y porque aún siendo dueña de mi tiempo, tengo responsabilidades y sobre todo, porque sin ello, no solo no podría darle a mi hijo el nivel de vida que le estoy dando, sino yo, francamente, me marchitaría. Porque quiero que mi hijo aprenda a amar su trabajo, a disfrutarlo, a apasionarse por algo. Porque también necesito, para estar bien, para estar saludable, tiempo para mi. Necesito poder ir a correr y mantenerme sana y energética, necesito poder salir con mi pareja, necesito también poder ir al cine o a cenar con las amigas. Por que si abandono todo lo demás y me vuelco sobre él, ¿qué haré el día que el se vaya a la universidad? O antes, cuando ya no pase ni un minuto en casa sino con sus amigos y sus propias actividades. Y ¿en quien me convertiría sin eso que me hace ser quien soy? Solo pensarlo me deja con en enorme hueco en el estómago…


Me levanto y bajo tranquilamente a tomar un té y trato de calmar mis ansias. Lo miro y veo un niño sano y feliz. Tranquilizo a mi corazón y me doy un momento y me digo que estoy haciendo lo que puedo. Lo tomo un día a la vez, sabiendo que tal vez la culpa y los dolores del alma desaparezcan por unos días o unas semanas y que tal vez vuelvan... y se me olvide otra vez que no hay madres perfectas, que todas las madres hacemos lo que podemos y que seguramente a todas nos agarra la angustia de no lograrlo, de cometer errores, de no estar dando suficiente… Diego voltea a verme y con una sonrisa pícara me pregunta: “¿Estamos juntos mamá?” y le contesto, con un nudo en la garganta pero con toda la sinceridad del mundo: “Si mi amor, estamos juntos…” porque en efecto, aunque lo dude a veces y no sepa como explicarlo, Diego está siempre, en todo lo que soy.

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