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jueves, 7 de mayo de 2009

PROHIBIDO OLVIDAR

Hoy me dispuse a seguir con las historias del internado, pero se me atrevesó un recuerdo que voy a tener que relatarles... Me acordé del día que nos llegó una carta fatídica. Era un día normal en Malinalco, en la casa en la que pasábamos los fines de semana con mis papás, era cerca de día de muertos y yo estaba preparando un altarcito para mi abuelo que había fallecido meses antes. Mi madre y mi padre me llamaron a la sala. Yo acudí sin predisposiciones, sin saber que lo que mi iban a decir me afectaría como lo hizo. Estaban los dos sentados y se miraban de una manera especial que reconocí de inmediato: era la misma mirada que tuvieron cuando me avisaron que mi perro se había salido del jardín y que no lo encontraban o de la vez que llegué de la escuela y me dijeron que mi abuelito adorado había sufrido un ataque al corazón, era la mirada de unos padres que saben que lo que van a decir va a provocar en su hija un dolor inmenso, inconmensurable y que ellos no podrán hacer absolutamente nada al respecto.
Me pidieron que me sentara y comenzaron por enseñarme, de lejos, una carta que había llegado de Portugal. Mi piel se puso chinita porque aunque no estaba segura de lo que me iban a decir, presentía que tenía que ver con un amigo querido que conocí en Senegal. Diogo era mayor que yo, mucho mayor para esas edades, yo tenía trece y el como diez y ocho. El era el hijo del embajador de Portugal en Senegal y fue mi primer amigo. Mi primer amigo hombre, o en realidad, el primer hombre (aunque aún era un joven) que fue mi amigo. Diogo no era guapo, puede que hasta lo consideraran feo y era muy rebelde. Le gustaban las motos y aunque en esas épocas yo no sabía mucho al respecto, supongo ahora que pienso en ello, que bebía mucho y se drogaba, era muy reventado y temperamental. El vivía en Portugal con sus hermanas mayores, venía al Senegal en verano a pasar las vacaciones con sus padres porque ahí podían controlarlo un poco más. En las cenas diplomáticas, en los cócteles a los que estábamos obligados a asistir mi hermano y yo, Diogo y yo nos sentábamos juntos y platicábamos. El me tomaba en serio., me escuchaba. Le contaba las anécdotas de la escuela, mis inquietudes, le podía hacer preguntas acerca de los temas que yo quisiera y Diogo me las contestaba todas. Nos burlábamos de los adultos, hacíamos chistes que solo a nosotros dos nos daban risa, algunas veces me daba una probadita de su whisky que me parecía asqueroso y se reía de mi reacción. A veces, a escondidas, me subía en su moto y nos íbamos a dar vueltas por la "corniche", la cornisa que rodeaba la ciudad de Dakar.
Los adultos hablaban de Diogo con preocupación. Era un adolescente "problema". A veces alcanzaba a escucharlos hablar y siempre se lamentaban por sus padres, por todo lo que él les hacía, por lo que tenían que pasar y por lo que sufrían por su culpa.
Tal vez era en verdad un chico con problemas, egoísta, al que solo le importaba su propio bienestar y que causaba problemas a todos los que lo rodeaban, pero era mi amigo. Yo no tenía otros amigos hombres, como ya lo he mencionado, era muy tímida, pero con él, no sé porque, era más fácil desenvolverme. Teníamos algo en común, algo que solamente tenemos en común los hijos de diplomáticos: sabemos lo que es viajar, sabemos el significado del cambio, de tener que adaptarse a lugares y gente nueva, de dejar gente atrás. Teníamos en común una rebeldía ante la autoridad (aunque en mí, a penas se asomaba), ambos teníamos una visión del mundo un poco sombría y pesimista, ambos nos preguntábamos cuales eran nuestros límites y de que forma podríamos llegar a rebasarlos… Nunca hubo nada entre nosotros y eso era lo más lindo y especial. Era una relación platónica, inocente, amistosa… Me pregunto: si en veradad era un chico tan "malo", que todos juzgaban tanto, como podía haber sido tan respetuoso y cariñoso con una niña de trece años como yo… tal vez era simplemente un adolescente, incomprendido, como todos lo fuimos alguna vez, como lo sería yo, unos años más tarde.

La carta decía que Diogo había muerto (ha de haber tenido 24 o 25 años). Creo que en un accidente de moto, digo creo, porque desde el momento en el que me lo anunciaron no pude pensar en nada más que en los recuerdos que me invadían torrencialmente y que en las ganas de llorar que me asaltaban.
Creo que lo que más me dolía era saber que a ese amigo que quise tanto, hacía más de ocho años que no lo veía, que no sabía nada de él. ¿Como pude haber estado tan cerca de alguien y luego estar tan lejos que solo supe de él por la noticia de su muerte? Pensé en todos los amigos que he dejado atrás en tantos años de trashumancia. Mis amigas de Londres, Luciana de Senegal, mis "hermanitos" de Arabia Saudita... con ninguno mantengo contacto. Ahora, con el mail y el facebook, no hay forma de que uno se aleje demasiado de la gente que quiere, pero cuando yo era niña, nos escribíamos los primeros meses de separación y luego, poco a poco, las cartas llegaban más y más espaciadas, hasta que un día dejaban de llegar. Que triste saber de alguien por tan mala noticia. Que triste es dejar que la gente se aleje. Que triste es que se rompan esos lazos únicos que hacemos con la gente en distintos momentos de nuestras vidas y que significan tanto, que dejan una huella tan fuerte en nosotros.

Me fui a mi habitación y me puse a escribir. Le escribí este texto/cuento que comparto hoy con ustedes:

15/4/93.
¿En dónde estarás?
Un día me llegó una carta. Me dijo que tu habías muerto. Salí corriendo a buscarte por la calle. Salí corriendo y desesperada dispuesta a encontrarte en cualquier semáforo o bajo cualquier portal. Recorrí todo nuestro pueblo y no te hallé. Tu no estabas ni en la cantina en la que solíamos vagar, ni en la sala silenciosa del cine, ni escondido en nuestro lugar secreto. No estabas en ningún coche, ni con la policía, ni en un parque solitario. No te encontrabas detrás de las paredes, ni bajo los pisos, ni entre las escaleras. Entonces fui a buscarte a una iglesia, y ahí no estabas tampoco. Había flores que olían a descanso y velas enfurecidas, pero ni un rastro de ti.
Salí de ahí sin fuerzas, decepcionada. No tenía nada que decir, nada que contar. No te encontraba y mi búsqueda era tan desesperada que miré al cielo. Me pregunté si quizás ahí te encontraría. Quise gritarte con todas mis fuerzas que te extraño.
Me fui a mi casa entristecida. Lloré la noche entera. Pero en la madrugada me despertó un recuerdo. A ese le siguió otro y luego otro más. Luego los recuerdos me rodaron por las mejillas y cabalgaron en mi cama. Se multiplicaron y llenaron todo el cuarto. Abrieron la puerta y fueron danzando por mi casa. Yo los acompañé. Danzamos toda la mañana y salimos a brincar por la calle, los recuerdos y yo. Eran seres extraños, viejos amigos y juegos de niño. Eran admiración y cariño, amores platónicos y travesuras. Eran playa y vacaciones y tiempo, sobre todo tiempo.
Bailamos y bailamos hasta tarde. Y tengo que admitir que no todo fue alegría. Algunas danzas me convertían en sonrisa y otras en lluvia. A la tercera noche los recuerdos me llevaron a mi cama y me besaron. Y yo ya no salí corriendo por la calle a buscarte.

Ahora, de vez en cuando, me visitan y danzamos juntos por la casa.

Ahora, salgo a la calle, a nuestro sitio secreto o a la cantina y sonrío. Porque ya no tengo que buscarte, porque cuando quiero bailo con los recuerdos y contigo.
Para Diogo, con mucho amor, por siempre.

Se acerca el día de las madres y será el primero sin ella. Hoy me invaden los recuerdos de todas las personas que ya no están, los que han muerto como Diogo y Stefano, los que simplemente se alejaron de mi vida y aquellos a los que la vida nos separó. Hoy sé que lo que nos queda son los recuerdos y que hay que atesorarlos como lo más preciado porque si los dejamos ir, nos quedamos sin nada. Hoy sé que está prohibido olvidar…




2 comentarios:

  1. La memoria es una dicha tan peligrosa como prodigiosa. Mal llevada puede enmarañarnos en espirales sin fin, inundándonos de vértigo y ansiedad. Bien llevada es el único testigo de que una vida brilló en este universo, aunque fuera por un momento.

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  2. Te felicito, se me han escapado algunas lágrimas.

    Qué cierto es todo lo que dijiste. La distancia, a veces física, a veces espiritual, hace que dejemos atrás a gente que alguna vez lo fue todo para nosotros.

    Cambiamos, nos vamos transformando poco a poco y cuando miramos atrás a veces nos damos cuenta de que hemos dejado en el camino a muchas personas.

    Muy triste, pero muy necesario para crecer como personas.

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