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lunes, 1 de diciembre de 2008

Agitación nocturna.

Durante mucho tiempo me he acostado temprano. A veces, apenas apagaba la vela mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: "Me duermo". Y media hora después, la idea de que era hora de buscar el sueño me despertaba. Mis ojos se abrían como resortes y miraba al rededor desconcertada. El tiempo había pasado tan de prisa que no sabía qué día, ni qué hora era, ni en que mundo vivía. Después de unos momentos de recapitulación, intentando calmar mi corazón palpitante con un trago de agua, me recostaba contra las almohadas y cerraba los ojos lentamente, adentrándome de manera casi instantánea una vez más en el mundo fascinante de los sueños.

Ahora ya no duermo. Cada noche llevo a cabo paso a paso la ceremonia habitual: me lavo los dientes, mirando fijamente mi reflejo, buscando las insospechadas arrugas, que pudieran aparecer o no, cualquiera de estos días sobre mi rostro; me lavo la cara y las manos con agua tibia, retirando los restos de polvo y humo colectados durante el día, me unto las cremas nocturnas recomendadas para conservar la juventud; me coloco el pijama, el más cómodo y abrigador que tengo, para no ser víctima del frío; pongo a quemar un incienso que llenará mi lóbrega habitación de un aroma a sándalo o jazmín, dependiendo de mi humor y estado de ánimo del día. El jazmín le corresponde a aquellos días repletos de actividades urbanas, esos días en los que, al llegar a casa, aún huelo el humo penetrante del escape de los carros cuando respiro, y mi fosas nasales se quejan impregnadas del hedor de la contaminación citadina. El jazmín calma mi espíritu alebrestado y tranquiliza mi cuerpo agredido por la trashumancia.

Cuando los días han transcurrido con más calma y sosiego, y que necesito estimular mis sentidos, enciendo un palito de sándalo cuyo aroma me inyecta la energía suficiente para finalizar el día sin sentirme abatida y desguanzada. El sándalo invade la habitación como un intruso poniéndome en estado de alerta, provocando en mí una excitación febril.

Me siento sobre la orilla extrema de la cama, gesto heredado de mi madre, y conecto los aparatos electrónicos que se han infiltrado en mi vida a pesar de mi resistencia: el teléfono celular, el manos libres inalámbrico, el micro ordenador portátil. Me pregunto cómo he permitido que estos artilugios hayan pasado, de simples accesorios utilitarios, a herramientas elementales para mi existencia, pero lo son y por ello, mantenerlos funcionando se ha vuelto ineluctable.

Alzo el edredón introduciéndome en la cama fría. Las sábanas estiradas me reciben enviando escalofríos por la extensión de mi cuerpo. Sin moverme permito que el calor que irradian la plumas del edredón vaya penetrando lentamente uno a uno de mis miembros… hasta sentirme completamente resguardada del frío invernal.
Como lo hago todas las noches, saco la mano rápidamente de mi manto y alcanzo la lámpara para apagar la luz y encender la vela que se encuentra siempre sobre la mesa de noche. Me gusta permanecer un momento quieta, antes de dormir, con solo la luz de la vela como guía, imaginándome como habrán sido las noches antes de que se inventara la electricidad, antes de que nuestras vidas cotidianas fueran regidas por la tecnología. Me gusta mirar fijamente la silueta que la llama proyecta contra la pared, permitiéndole dócilmente que me hipnotice para facilitar la llegada del sueño… el ambiente es ideal para un letárgico descanso… el silencio es envolvente y hechicero. Por unos momentos siento los párpados pesados al cerrar los ojos y pienso que al fin lo he logrado. Pero la esperanza es falsa y desaparece rápidamente. Mi ojos se vuelven a abrir: como a un antiguo amante, lo reconozco: el insomnio se avecina.

Me coloco sobre el costado izquierdo con el brazo doblado debajo de la oreja. Cierro los ojos y suspiro. Pasan unos cuantos minutos. Mis párpados se vuelven a abrir sin ningún rastro de somnolencia, observan mi habitación en la penumbra, sobre una silla advierten el retrato de mi padre que, por desidia, no he colgado: me pregunto en que lugar debería colocarlo. Rápidamente, sin pensar en el frío ni en la comodidad, enciendo la luz y miro alrededor de la habitación buscando el lugar apropiado. Como no encuentro sitio en mi recámara salgo al pasillo descalza y busco ahí. Al pasar por los libreros y las repisas, mi mirada cae sobre un libro que he dejado a medias, lo tomo y me lo llevo al cuarto. Me pongo los lentes y comienzo a leer.

Así se pasan las horas. A veces dejo de leer, me vuelvo a acomodar y me esfuerzo por permanecer con los ojos cerrados, intentando invocar el sueño por la fuerza. Pero el espíritu es rebelde, mi mente viaja a lugares insólitos en los que no hay quietud e invariablemente el cuerpo reacciona con movimientos nerviosos e impacientes. Hay noches en las que esta agitación me provoca una ansiedad incontrolable, me levanto de la cama, me visto con lo primero que encuentro y salgo a la calle. He llegado a caminar veinte, treinta kilómetros, con el viento gélido golpeando mi cara y mis manos, sin detenerme siquiera a pensar en qué dirección voy. Me detengo de pronto en algún puente, desorientada, los recuerdos de cómo llegué a ese sitio son nebulosos. Miro alrededor buscando referencias para ubicarme y advierto que estoy muy lejos de casa.

Otras noches no salgo de la cama. Impacientemente volteo de un costado al otro. Me acomodo del lado derecho con las manos entre las piernas en posición fetal. Mis sentidos parecen agudizarse. Logro escuchar ruidos que nunca antes había detectado. Se oye un silbido a lo lejos, en la calle, el silbido de los vendedores de camote, tan típicos de mi barrio. Mis mente acelerada fabrica cuantas preguntas necias puedan ocurrírsele acerca de estos hombres y su negocio: el volumen de su clientela, a cuanto ascenderán las ventas diarias, de qué fecha data el primer vendedor de su especie, cuales son los gérmenes que pudiese uno contraer al ingerir estos alimentos elaborados en las calles y que durante largas y soleadas horas del día absorben las miasmas urbanas.

Varias veces he intentado aprovechar mi insomnio para llevar a cabo alguna tarea productiva, intento escribir o fabricar algo, acomodar muebles, libros, cuadros, pero la esperanza de poder dormir aunque sea unas cuantas horas es abrumadora y me devuelve a la cama para intentarlo. Una noche llegué a pensar que podría engañar al insomnio acostándome más tarde de lo acostumbrado, pero no sirvió de nada… que fueran las diez de la noche o las dos de la mañana no había manera de conciliar el sueño.

Consulté a muchos médicos. Nadie me supo decir que había sucedido, porque había perdido la capacidad de dormir. Se sorprendían al verme. Señalaban que a pesar de no haber descansado en tantos días, ¡qué digo días! en tantas semanas, me veían saludable aún. Yo me miraba al espejo y no reconocía a la persona que me miraba desde allí.

No lo sabía, no podría haberlo previsto pero se acercaba el final del episodio…

Una noche cualquiera comencé mi ceremonia como de costumbre (ahora solo usaba incienso de jazmín, ya que el insomnio había despertado en mi un estado de alerta constante, una velocidad metabólica que había acelerado mi ritmo y que me tenía envuelta en un vórtice de actividades sin sentido) pero en vez de acostarme del lado derecho, el mío, el que siempre ocupaba, caminé al lado izquierdo y levanté el edredón. Metí un pie dentro de los dobleces de las sábanas frías y me coloqué boca arriba con la cabeza en la almohada. Era su lado. El lado izquierdo de la cama era suyo.

No supe en qué momento comenzó la catarsis, pero advertí que un raudal de lágrimas escurría por ambos lados de la cara, mi cuerpo temblaba con espasmos violentos mientras surgía un gemido que no reconocí, que nunca antes había escuchado salir de mi boca. Una marea de sensaciones nuevas recorrió mi cuerpo, y de pronto, sin más preámbulos, todo adquirió un sentido: las noches en vela, los largos paseos por las calles abandonadas, las sesiones de lectura o de cocina noctámbulas. Lloré, grité y me contorsioné sobre su lado de la cama como no lo había hecho nunca, ni siquiera el día de su muerte, aquella noche en la que él no volvió a ver la luz de la mañana.

Miré al techo a través de las lágrimas que se aglomeraban caudalosas sobre mis pupilas y lo recordé todo. La noche silenciosa que él interrumpió con un grito, mi temor y las manos temblorosas que buscaban sin éxito marcar los números de emergencia, su cuerpo inerte y frío en las sábanas cálidas, mi pie, el que todas las noches dormía pegado a alguna parte de su cuerpo, mi pié cuando tocó el suyo haciendo viajar millones de escalofríos por mi piel. El silencio abrumador de su abandono y mis ojos cerrados suplicando que alguien me despertara de aquella pesadilla.

Después de varias horas lánguidas, en las que repasé cada minuto de nuestra vida juntos, cada instante de su entierro, cada dolor que se había albergado cómodamente en algún recoveco de mi alma, apagué la vela.

Envuelta en sus sábanas, en la almohada que aún seguía impregnada de su olor, recordé esa noche en la que no dormí y las noches que le siguieron, en las que ni siquiera me acosté, en las que no hice siquiera el intento de dormir.

Recordé el día que decidí seguir con mi vida como si nada hubiera sucedido, la noche que volví a acostarme temprano, como lo había hecho siempre, ignorando ese otro lado de la cama, ese espacio vacío que había dejado su cuerpo en mis sábanas y su presencia en mi vida.

Recordé todo, lo sentí todo con mi cuerpo, con mi corazón, con mi alma y al fin dormí hasta que la luz del día se coló por las rendijas de mis persianas e invadió mis sueños.


2 comentarios:

  1. Ale,

    Este cuento me recuerda a algunos de los libros de Ian McEwen. Tiene esa mezcla de realismo sicologico e intimidad narrativa que te hace sentirte presente en el momento que narras. Me gusta muchisimo esta nueva voz que estas encontrando...

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  2. Hola no se si sigas este espacio o lo hayas abandonado por complefo pero me gusto mucho tu relato , tengo 25 años y hace 1 año comense a leer habitualmente libros fuera de mi carrera , y este pequeño relato tuyo es uno de los mejores que eh leido salvo mi poca experiencia con la lectura quiero felicitarte , donde quiera que te encue tres y el camino que hayas seguido, si llegas a ver este msj pronto o no que dios te bendiga.

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