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jueves, 4 de diciembre de 2008

Un Hijo Abandonado

Un día dejé de escribir. No sé porqué. Miré la página frente a mi y no pude hacerlo, no me pude animar a tomar la pluma y a escribir nada. Traté de inventar alguna historia, una estúpida anécdota, algún cuento, algún poema. Pero no pude. Ya no había nada que decir. Se me había secado el cerebro y no le podía exprimir más nada. Me pregunte si habían sido los excesos, pero dudo mucho que haya sido eso, ya que casi todos los poetas y escritores de la historia han sido alcohólicos, drogadictos o dependientes de alguna u otra sustancia nociva para la memoria y la salud. No, entonces no había sido esa degeneración gradual de neuronas que había padecido debido a mis euforias nocturnas. ¿Entonces qué? ¿Habrá sido que de pronto se me habían acabado las ideas, que ya no tenía nada que decir? ¡Que aburrición! Apenas tenía treinta años y ¿ya se me había acabado tan rápidamente la imaginación?

En mi vida habían sucedido cosas. Suficientes como para crear material literario, con un poquito de imaginación… había tenido bastantes relaciones amorosas, había sido víctima de algunos abusos sentimentales, también de algunos físicos, había viajado, conocía países extraños que todos desean conocer y por los que todos preguntan, me había encontrado en Nueva York, sola, en medio de un lío policiaco relacionado con algunos cuantos gramos de cocaína y antros de mala muerte, me habían roto el corazón… varias veces… Entonces ¿porque?, porque no podía yo escribir ni una sola palabra, ni siquiera un pequeño verso, ¿un poema? ¿Una pinche canción? Un día te sucede algo que te cambia para siempre. Tu puede que no lo sepas, puede que no lo descubras nunca. Pero cambias, y sigues cambiando y de pronto, pierdes por completo una parte de ti, que no es que ya no exista, sino que ha sido tan transformada, tan metamorfoseada que ya no la reconoces.

Un día te sucede algo, o varias cosas, que hacen que tu ser se divida, que una parte de ti se esconda para siempre, y que la otra se vuelva valiente, aquella que te va a proteger de todas las cosas que te pudieran suceder en el futuro.
Eso me pasó. Y ahí se quedo la parte que escribía. Ahí atrapada en aquella parte que decidió esconderse para siempre.

Escribir es como cuidar a un hijo. Hay que alimentarlo, darle cariño, a veces hay que decirle sus verdades, ponerle límites y regañarlo con afecto, hay que enseñarle el camino y guiarlo por la vida. Si lo tratas mal, siempre hay el riesgo de que se vuelva un hijo malcriado, maleducado, que te grite, que se porte mal frente a los otros, que te acabe lastimando. Yo no traté muy bien a mi hijo y se me reveló. Decidió que si yo no iba a entregarme a él, si no le iba a dar el tiempo que él necesitaba para desarrollarse, se largaría. Y así fue que me encontré frente a una página en blanco, buscando las palabras, sin nada que decir. El se rió a lo lejos, y me escupió en la cara como el desgraciado en el que se había convertido, y desapareció.

¿Como recuperarlo? Esa es una pregunta difícil. Como recuperas a un hijo que se ha alejado para siempre de ti? Que haces si le has hecho tanto daño, tal vez sin saberlo, que ya está tan distante y te tiene miedo, y te odia y no sabe en realidad que hacer contigo ni qué sentir por ti? Bueno pues, siempre hay alguna forma, debe de haberla. Debe de haber una forma de recuperarlo: con amor y cariño y todas esas cosas que desperdiciamos generalmente en gente que ni nos las pidió. Con paciencia que buena falta me hace. Tal vez tienes que enfrentarle y pedirle perdón y aguantarte cuando te miente la madre y te escupa de nuevo en la cara y te reclame todo lo que le hiciste con tanto rencor que quieras alejarte corriendo y esconderte para siempre en alguna tumba oscura. No se, no es fácil, pero lo haré.

Y le diré: Tu sabes que si te quería. Pero yo nunca supe cuanto. Eras mío, eras tan mío que no quería dejarte salir y cuando lo hice por fin, cuando saliste de aquí, no supe enfrentar a la gente te criticó. No supe decirles que eras pequeño y que apenas estabas creciendo, que te dieran una oportunidad. Te puse frente a ellos, y si, es cierto, te coloque en el banquillo de los acusados y dejé que te juzgaran. Ellos no tenían malas intenciones, pero te vieron grande, sentado en una silla de adultos y decidieron que podían tratarte como a un semejante. Pero tu eras un infante. Solo un niño. Tan virgen y sensible que te hiciste pequeño y después, llorando, me preguntaste: ¿cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo me pudiste colocar en esa posición, ahí, donde todos me observaban, cuando yo apenas estaba aprendiendo a hablar y no podía defenderme? ¿Cómo pudiste dejar que me juzgaran, que hablaran de mi, que me insultaran? (Algunos lo hicieron, los mas inconscientes). Y yo, pues yo no supe que decirte, entonces me volqué contra ti. Te dije que tu lo habías provocado, tú solo, que tenías que crecer y madurar y aguantar… Yo quise que en ese momento tú fueras mas fuerte, y que te pararas sobre tus dos piernas y enfrentaras a todos y demostraras… ¿quién sabe qué?… ¿quién sabe que es lo que quería demostrar?

Pero en el fondo me dolió tanto porque cuando te juzgaban a ti, yo era quien sufría; cuando a ti te decían que no servías para nada, era yo quien moría con cada frase; porque cada instante de ese aterrador desfile de incertidumbre, yo me sentía más expuesta; y porque al fin de cuentas, yo fui quien te vio encogerte y esconderte para siempre, fui yo quién te perdí.

Ahí está. Lo dije. ¿Y ahora? ¿Que sucede cuando a ese hijo, por falta de alimento, de amor, de educación, de cariño, lo has vuelto un inválido? ¿Qué pasa si ha perdido muchos años de entrenamiento, de vida? Tienes que empezar de nuevo… no. No recojas la ropa vieja, los viejos juguetes, ya no sirven de nada. No trates de empezar desde dónde lo dejaste. Eso no funciona, hay que empezar de nuevo. Hay que saber que ese niño no sabe nada, que todo lo que había aprendido está perdido y que ese es tu deber, volver a enseñarle a caminar, a comer, a hablar, a soñar. Con suerte no todo está perdido. Con suerte al escuchar tu voz, regresen algunos recuerdos y todo sea un poco más sencillo.

Hoy, estoy escribiendo. No es nada. Es algo que se me ocurrió. Ya no tengo que justificarlo con nadie, ni mentir, ni engañarme, ni nada. Porque nunca mas lo pondré a prueba, porque ahora si voy a darle todo lo que tengo dentro y no dejaré que nadie le haga daño ni le quité su inocencia, ni quiera obligarlo a crecer demasiado pronto.

Cuando él quiera, ese niño que es mi escritura y que está ahí escondido, cuando él quiera va a salir a pasear y poco a poco aprenderá a treparse a los árboles y a jugar con los otros. Hasta entonces, puede estar aquí arrinconado, solito, invernando, esperando el momento preciso, y yo lo dejaré en paz, a que tome su tiempo, a su ritmo… al fin y al cabo ambos nos merecemos una segunda oportunidad.

3 comentarios:

  1. TE COPIO AQUI EL COMENTARIO QUE TE PUSE EN MI BLOG.

    Ale, que lindo!!! Me parece que deberías postearlo en tu blog. Y sabes que he pensado?
    Que el juicio es tan subjetivo!!! Quien puede decir que algo es “bueno” o que no lo es. Yo más bien creo que es una cuestión de frecuencias. Te ha pasado que lees un libro que no entiendes? Y lo dejas en el librero y años después , cuando lo retomas, te parece maravilloso? Pues creo que la gente que vibra en la misma frecuencia que tú, disfruta lo que dices, se identifica, y seguramente eso, como todo, también se transforma :)

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  2. Axel, me gusta muchisimo tu metafora del hijo. Me reconoci en tu alegoria. Vi en tus palabras una realidad aplicable tambien a mi propia relacion con la escritura. Hace anios que no escribo y leer tus cuentos y reflexioes no solo me entrentiene sino que me hace reflexionar e imaginar posibilidades nuevas. Gracias.

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  3. Y como todo hijo abandonado te abrazará con fuerza infinita cada vez que acudas a su voz...

    Un fuerte abrazo!!!!

    Mariana.

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