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miércoles, 25 de marzo de 2009

Retomando un poco las anecdotas de mi trashumancia

Desde que tenía como siete años soñé con irme a estudiar a un internado. No sé de dónde nació ese sueño, pero era en todo lo que pensaba. Quería irme lejos de casa, a un viejo internado en el que habría gente de todo el mundo, como yo, y en dónde estaría sola, arreglándomelas yo solita. No sé, tal vez eran mis ganas desesperadas de ser una persona independiente o la influencia de todas las novelas que había leído y películas que había visto que sucedían en esas escuelas o simplemente que alguien me había contado acerca de los internados y se me había antojado estar en uno. El caso es que soñaba con ello noche y día.

Habíamos estado viviendo en Arabia Saudita. Yo tenía diez y seis años y hacía un año que habitábamos ese país en el que todo estaba prohibido para las mujeres: no podíamos manejar, no podíamos andar por las calles sin usar las habayas (batas largas negras que cubren todo el cuerpo para evitar las miradas perversas de los hombres), no podíamos ir a comer o cenar con un amigo ya que los restaurantes estaban divididos en tres partes, la sección de mujeres, la sección de hombres y la sección de familias. Claro, pensarán, que más daba, podrían haberse sentado en la sección de familias, pero no era así. Esa sección estaba reservada para familia inmediata: podías permanecer ahí si estabas con tus hijos, tu hermano, tu marido o tu padre pero de ninguna manera con un amigo, un novio o siquiera un primo! Dirán, bueno ¿quien lo notaría? Se preguntarán, ¿acaso había alguien en la puerta pidiendo el pasaporte para confirmar la relación entre los comensales? No, no lo había. Pero rondaban por los moles y por los restaurantes los policías de la religión, llamados Mutaguas. Ellos eran generalmente hombres mayores, con unas barbas largas y amarillentas, que cargaban una varilla larga en su mano con la que espantaban a los turistas a las que al caminar, inadvertidamente, se les abría la habaya y mostraban sus piernas, o las mujeres musulmanas que por andar de compras bajaban la guardia y dejaban vislumbrar un pedacito del mentón o de la cabellera. Estos policías de la religión vigilaban sigilosamente los lugares públicos para que se respetaran las leyes de la religión y no convenía en absoluto rebelarse contra dichas leyes ya que su incumplimiento podía resultar hasta en una encarcelación, aun siendo extranjero.
En Arabia Saudita no había cines, las películas que se rentaban estaban censuradas, en las revistas estaban tachadas con marcador negro todas las imágenes que revelaran algo de piel (o sea, casi todas las fotos de modelos, brazos y piernas incluídas), no había alcohol a la venta, ni hablar de una discoteca o un bar… en fin, era un mundo de abstención absoluta y nada divertido para una joven adolescente de diez y seis años.
Todo lo anterior no significa que no la pasáramos bien de vez en cuando, ¡claro que lo hacíamos! Tuve muchos amigos franceses que iban conmigo en el liceo, hacíamos fiestas en los "compounds" en donde vivían los extranjeros que trabajaban para grandes corporaciones, fiestas en mi casa y en otras embajadas, hasta conocí a unos principes árabes que me llevaron a pasear en sus lamborghinis con los vidrios blindados. Pero en realidad tengo que confesar que después de vivir tantos años en Senegal, con esa libertad maravillosa que se tiene en las ciudades de playa, después de cuarto años de pasarme la vida semi desnuda por las playas y las calles soleadas de Dakar, andar en bicicleta sola o con mis amigas, hacer toda clase de deportes acuáticos, montar a caballo, andar en moto, ir a fiestas y más fiestas de todo tipo, Ryhad fue como llegar a una prisión.

Así que, lo único que quería yo, era irme de allí. Cuando terminó el año escolar mis padres tuvieron que estudiar las opciones que existían para mi, ya que las escuelas de Arabia solo llegaban hasta tercero de secundaria. No había prepas. Los musulmanes no querían una bola de adolescentes extranjeros en plena rebeldía contaminando a los jovenes de su país, de ninguna manera. Así que obligaban a que los padres nos enviaran a estudiar fuera. Lo primero que se los ocurrió a mis papás fue en enviarme a México con mi abuela. Mi hermano ya vivía aquí con ella, estaba estudiando en la universidad. Pero al proponerselo ella respondió con horror: "¿Qué? No, por favor! ¡Lo que menos necesito es cuidar de una joven adolescente a mi edad, ya estoy muy vieja para eso!" Tenía razón: de por si a mis padres les costaba trabajo controlarme, no era justo imponerle esa cruz a mi pobre abuela!

Así obtuve lo que había anhelado tanto tiempo: fui enviada a un internado...¡por fin!

...continuará...

1 comentario:

  1. Que maravilla!!! y yo que luego creo que mi vida ha estado llena de aventuras ,jajajaja... cuentanos mas!!!

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